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ANTOINE DE LAS TORMENTAS
Luis Durán
160 págs. B/N. 15 €
Astiberri
Rústica
Número único

Luis Durán: destino y muerte
Comentar un cómic de Luis Durán es una tarea tan baldía como comentar una película de Bergman, una canción mística de Battiato o un poema de Alejandra Pizarnik. Todas son obras que están repletas de sutiles sugerencias y que, por lo tanto, no necesitan ser comentadas, aclaradas, explicadas, ya que se gozan por sí mismas, con toda la carga de irrealidad o de insinuación que contienen. En todo caso, lo único que podríamos aportar es nuestro "Sí me gusta" o "No me gusta", pero poco más.
En mi caso diré que Bergman, Battiato y Pizarnik me gustan. Y mucho. Pero también Luis Durán. Y mucho, también. Este joven guipuzcoano que ha elegido su segundo nombre y apellido para firmar, que no reprime su firme vocación de trovador medieval y de contador de historias bellas e inquietantes, nos ha regalado en el 2003 otra delicia de obra: "Antoine de la tormentas".
Esta vez la acción no se sitúa en la Francia del siglo XV, ni en las sombrías tierras de Cornwall, sino en la isla de Saint Domingue (la antigua La Española) en pleno siglo XVIII. Es esta isla y, sobre todo, el mar, el espacio que Durán usa como tablero dramático donde arroja, articula y maneja a sus criaturas-símbolo: Antoine, Marcel, Irene, Celine, Gustave, Neg Rayí, Alceo, la tripulación de El Albatros, Edward Salter, James White…
Todos los buenos artistas, todos los contadores de historias, nos cuentan siempre lo mismo. Aunque el decorado de su obra sea diferente. Siempre, afortunadamente para nosotros, se repiten. Y Durán no escapa a esto. Son las mismas obsesiones, las mismas miradas, las mismas inquietudes que había en "Vanidad", "La Tierra Negra" y "Atravesado por la flecha" las que están presentes en "Antoine de las tormentas". No podía (ni puede) ser de otra forma. La pregunta, por lo tanto, es: ¿Qué es lo que nos cuenta siempre Durán?
Decía Francisco Umbral hablando de dos de sus escritores preferidos (Proust y Cela) que la obra de Proust trataba siempre de tiempo y memoria, mientras que la de Cela lo hacía de tiempo y muerte. Pues bien, Durán no se aleja mucho de esta temática, porque su obra nos habla siempre de destino y muerte. En "Antoine…" es explícito ya este tema desde el mismo arranque de la obra (Podría comenzar diciéndoos que desde que nací la mano del destino fue contra mi persona. Y que a lo largo de mi extraña existencia, mis actos no hicieron sino completar un desastre ya de por sí natural).
"Antoine de las tormentas" es sencillamente una historia excepcional. En el dibujo, Durán ha bebido del expresionismo alemán para hacerse con un estilo propio, personalísimo y que ha afianzado de manera casi definitiva en esta obra. Ha conseguido lo que a tantos otros les cuesta tanto tiempo, definir un dibujo inconfundible que lleva su sello en cada línea y en cada curva. Podrá gustar o no, pero es suyo.
En cuanto a la calidad literaria de este vasco inquieto y fabulador, baste decir que el lirismo le sale a borbotones por las yemas de los dedos y lo plasma en textos hermosísimos, de una belleza nada artificial, hasta tal punto de que podríamos hacer un comentario de "Antoine…" como si de un poemario se tratase. Porque en una trama aparentemente sencilla (que no relata otra cosa que la historia vital del marino Antoine Ducase y del cumplimiento de su tormentoso destino), Durán va intercalando, a modo de intermezzos musicales, historias, recuerdos, visiones, sueños, cuentos y leyendas que están en la mente del protagonista, que forman parte de él, que son él. La prosa de Durán alcanza una gran profundidad emotiva con una sonoridad medida y precisa. Hay pasajes de tierno surrealismo (Desde entonces, cuando algún visitante se hospeda en la aldea… está obligado a pagar de propina una ola… soñada), ensueño mágico (Alceo me dijo que yo había despertado donde navegan los barcos que se traga el mar. Donde van los espejos que las viudas lanzan desde las orillas), intenso poder evocativo (Siendo aún niño…, la vela de mi madre Irene se apagó. Sus blancas manos ya no tejerían más ropa ajena. Los marinos, como desconocidos vagabundos, caminarían por el puerto llenos de rotos y descosidos. Las plantas dejaron de crecer… y los árboles perdieron sus hojas… y los hombres… sus palabras) o simple, hermosa, perfecta poesía (Aquel año, flores blancas dibujaron en la bahía de nuestros sueños, el sendero que han de surcar los muertos. El camino que tarde o temprano a todos ha de llevarnos a ese lado sombrío…, desconocido…, al país de quizás.)
Si el arranque de la obra es excepcional, las últimas páginas ofrecen una tensión emocional que no sé porqué me traen a la memoria los sobrecogedores 15 últimos minutos de la película "A sange fría" de Richard Brooks. El mismo pesimismo, la misma inexorabilidad, el cumplimiento del destino.
Antoine Ducase podría ser perfectamente ese niño del cuento "que lloró en el vientre de su madre porque se equivocó de momento y de lugar". Así se siente durante toda su existencia. Más que como un marino, como un náufrago arrojado de las aguas de la infancia a las costas del destino inexorable. Lo que no sabe Antoine es que el destino se cumple, en cualquier momento y lugar.
Luis Durán no se ha equivocado de momento ni de lugar. Está aquí, cerca, entre nosotros, y probablemente ahora esté gestando otra de estas historias maravillosas que nos regala y que nos ayudan a vivir y a sentirnos mejores.
Quizás...

Jesús Jiménez Pelayo