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DRAGON
HEAD
Minetaro Mochizuki
192 págs. B/N. 8,41 €
Ediciones Glénat
Rústica con sobrecubiertas
Serie de 12 números
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Como el devastador efecto de una
borrachera de stress acumulado durante más tiempo del sensato.
Suena la alarma del despertador y lo único que alcanza la mente
a comprender es que cualquier atisbo de ubicación espacial ha
desaparecido por completo. El mundo se ha venido abajo. Y la
tarea inmediata es adaptar los esquemas para entender el entorno
en las nuevas coordenadas, las de su final. El proceso suele
pasar inevitablemente por la aparición inmediata y espontanea
del terror. El terror como mecanismo de reacción frente a un
ambiente hostil, reacción en la que, por supuesto, no cabe esperar
que los actos sigan una lógica convencional... pero ¿qué ha
tenido de convencional cuanto la humanidad haya hecho en su
historia con el objeto de dar significado a lo que le rodea?
Pintarse el cuerpo con sangre para vencer el miedo a la oscuridad,
realizar grotescos rituales danzando alredor de carne muerta,
dejar que la histeria colectiva de paso con una lógica aplastante
al suicidio organizado... son parte de la historia de los métodos
con los que a lo largo de siglos hemos luchado contra el pánico
al sinsentido. En situaciones menos extremas recurriendo a las
creencias religiosas o, más recientemente, embotando nuestros
temores mediante un ritmo de vida frenético que, inevitablemente,
acaba por estallar, y entonces, cuando el hilo no resiste la
tensión y acaba por romperse... "¿qué ha sucedido? el tren había
entrado en un tunel y... ¿recuerdo haber visto un resplandor
?..." Mal acostumbrados como estamos en los medios narrativos,
y particularmente en el cómic, a que el género apocalíptico
sea una relectura superficial de los tópicos del "western",
las situaciones aquí descritas pueden antojarsenos en exceso
delirantes o procedentes de un cuadro surrealista cuando, si
se piensa friamente, se acercan con una inquietante verosimilitud
al comportamiento que tendría una comunidad sometida a demasiadas
dosis de desesperación en demasiado poco tiempo y hubiese de
recurrir a métodos ancestrales, enterrados en algún rincón del
inconsciente, para encontrar modos de acomodar en su entendimiento
el nuevo estado de las cosas. Las aportaciones del autor también
son abundantes en el terreno formal, siendo Dragon Head un buen
territorio para explorar las fronteras donde el cine y el cómic
intercambian recursos. A destacar tanto los fácilmente identificables
como provenientes de la gran pantalla (el brillante uso de secuencias
plano-contraplano destinadas a causar un impacto casi dolorosamente
tangible en el lector, muy propio de las películas de terror)
como los más intrínsecos del medio impreso (las viñetas cortadas
"a sangre" en las que los caracteres de las onomatopeyas forman
parte de una línea que abarca más allá de los límites de la
página, causando la impresión de que los acontecimientos superan
con creces nuestra capacidad de asimilación, o los fondos negros
que, a su modo, "recorren" el espacio del "gutter" marcando
con una deliberada imprecisión las escenas de "flashback").
Ciertamente muchas escenas parecen sugerir conexiones con situaciones
ya conocidas en obras "de género". El aislamiento inicial del
protagonista, seguido del shock del encuentro con otros supervivientes
hasta formar un triángulo mal avenido de robinsones de la oscuridad,
recuerda a ese "fin del mundo" tan sugerente de "The Quiet Earth"
(cuya versión fílmica tuvo, al menos en su pase televisivo,
un título en español que no consigo recordar). La nube de humo
negro que se desplaza devastadoramente como si se tratase de
un ser vivo atrae memorias de los marcianos de Wells (¡que pronto
estarán de vuelta!) y la locura desatada entre los habitantes
de un pueblo en ruinas sigue expresamente el ritmo de las película
de zombies como el clásico de George Romero (o bien, según el
punto de vista expresado por los lectores más jóvenes, del videojuego
"Resident Evil", ¡aah, el abismo generacional!). Mochizuki añade
alguna que otra referencia externa para reforzar el "tono",
como los momentos en los que un personaje aparece leyendo el
"Más Que Humano" de Sturgeon o el "On The Beach" de Nevil Shute
("La Hora Final" en España). Y todo podría ser una gran trampa,
un mcguffin de inmensas proporciones destinado a hacernos pensar
que el autor está haciendo concesiones a la suspensión de la
credibilidad por moverse en territorios cercanos a lo fantástico,
cuando en realidad todo estaría (y ello lo hace todavía más
escalofriante) minuciosamente documentado incluso con precedentes
históricos. Hacia el tomo 6 se dan pistas más o menos definitivas
de la verdadera naturaleza del fenómeno que ha desencadenado
el caos, dando a entender que, en última instancia, toda la
incertidumbre, toda la angustia, provienen de la falta de una
visión de conjunto, de nuestra limitación para interpretar la
relación entre los síntomas aislados de un desastre en el que,
por cierto, la naturaleza se empeñó en imitar al arte... El
público japonés tuvo ocasión de estremecerse cuando, a los pocos
meses de comenzar a serializarse la serie en la revista Young
Magazine de Kodansha, la ciudad de Kobe fue arrasada por el
demoledor terremoto que todos recordamos, o cuando, tiempo después,
un desprendimiento masivo de tierra enterró, sin posibilidad
de rescate, a un autobús escolar en el tunel de Toyohama (isla
de Hokaido) en una situación trágicamente similar a la planteada
al inicio del cómic. No faltaron voces en señalar las dotes
"visionarias" del autor, quien, como relataba en las entrevistas
concedidas en su reciente visita al Salón de Granada, estaba
realmente intentando reflejar sobre el papel la desolación del
estado de ánimo que le rodeaba en un país abrumado por una crisis
económica sin precedentes que, entre otras cosas, obligó a sus
habitantes a una, según se cuenta traumática, reinterpretación
forzosa de su realidad inmediata. A la luz de esa declaración
habrá que esperar al final de la obra para saber si hay algún
mensaje vitalista en la actitud de los protagonistas de aferrarse
deseperadamente a la cordura y a la esperanza en un escenario
que invita al abandono y a la demencia. Que la historia comienze
con el personaje leyendo la mencionada "On The Beach", que trata
sobre la actitud con que afrontar que todo lo que queda por
descubrir del camino es que no hay más camino por descubrir,
resulta doblemente interesante... pero un servidor, por su parte,
no puede dejar de observar con temor esa viñeta recurrente con
el primer plano de un ojo observando desde la oscuridad. ¿Un
personaje mirando desde lejos? ¿la personificación de ese monstruo
que nos imaginábamos al fondo del tunel?... Quizá, quizá sea
el Dragón del título, que se está riendo de todos nuestros miedos
y está esperando desapasionadamente que acabemos la página final
del último tomo para lanzarse a devorarnos... |
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Pedro
Fernández López
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