Trasfondo de un personaje hombre lobo Fianna, para Hombre Lobo: el Apocalipsis, por David Rego Timiraos
Nota: esta historia corta está inspirada en el tema de el sacrificio de sangre para el paso de las estaciones; asimismo el nombre de Liadón está tomado del tapiz de Fionavar (que es un libro 1000 veces más extenso y que trata otros temas; el nombre es el mismo y lo que es el tema está tratado de manera muy diferente).
Sería una plácida y suave noche de verano de no ser por el dolor y la sangre. La luna brillaba gibosa, bella y desafiante en un cielo pulcramente estrellado. Estaba llena de dolor y odio. ¿Para qué sufrir tanto por un ser al que no quería, que no amaba?. Gritó de dolor y oyó una voz que le decía: un último esfuerzo señora. Dio un último empujón final y todo se tranquilizó. Poco después escucho los lloros del bebé y a su criada diciendo: "es niño señora"".
"¿Cómo le llamará señora?" preguntó su aya.
"Liadón" respondió. Su voz sonaba llena de hiel.
"Oh, no, por favor señora no lo haga..."
La tarde había transcurrido tranquila ese día. Era invierno y había ido al cole y había jugado con la nieve con sus amigos. Pero echaba de menos al resto de sus amigos, a los amigos del verano. Aunque algunos no le gustaban porque se reían de él, ya que él no podía hacer magia como la hacían ellos. Pero eso era sólo en verano, cuando su madre y él se mudaban y pasaban las tardes en el castillo de verano. Los otros días, estaban en la mansión de invierno. Su aya, Mae, le estaba leyendo un cuento. Ojalá lo hiciera su madre. Era tan guapa...
Lloraba. Estaba perdido en los salones del castillo. Todos sus amigos se reían de él. Algunos porque él no podía tomar la forma ni hacer magia. Otros porque su madre no le quería. Eso era lo que le dolía más, pues aunque él quería creer que no era cierto, en el fondo de su corazón era verdad. Le dolía mucho y deseaba que algún día pudiera tener otra forma, poder conseguir con esto el respeto de todos y el amor de su madre. Se quedó dormido después de llorar de amargura.
Se despertó y se dio cuenta de que no sabía dónde estaba. Queriendo huir de sus amigos había entrado en una zona subterránea del palacio que desconocía. Las antorchas iluminaban el camino sin desprender humo ni calor. Quería volver a echarse a llorar y gritar para que alguien lo encontrara. Pero ya tenía ocho años y pensó que ya era hora de empezar a arreglárselas. Cogió una antorcha de la pared y comenzó a andar por los oscuros y laberínticos pasillos.
Poco después encontró una puerta doble de madera. No parecía que hubiera nadie por aquí, y era la única puerta así que la empujó. Le costó un poco abrirla. Lo que vio lo dejó helado.
Era un salón grande y normal, típico de cabaña con su chimenea, la piel frente al fuego. Pero todo era de tamaño gigante. Los cuadros, los libros que adornaban las estanterías, todo. Y lo más extraño de todo: había un dragón púrpura, grande, majestuoso y algo anciano sentado en la mecedora y con una pipa en la boca.
"¿No sabes que es de mala educación entrar en las casas de otros sin llamar, jovencito?" la voz del dragón era ronca y fuerte.
"Perdone señor me he perdido. ¿Sabe Ud. Cómo volver a las salas del ala este?."
"Quizás pequeño, pero antes pareces estar mal, quédate un rato conmigo y te daré algo de comer."
"¿No se me comerá señor?"
"Por supuesto que no, muchacho" dijo el dragón cogiendo una taza pequeña que llenó de té y ofreció a Liadón. "¿me puedes decir cómo has llegado aquí?"
"Verá señor, como no tengo magia mis amigos..."
La luna caía en haces plateados por las grandes ventanas de la sala. El suelo, blando como una cama no hacía ningún ruido que alertara sobre los dos contendientes, aunque éstos gritaban y chocaban las espadas con evidente furia. Uno de ellos era un chico de unos quince años. El otro un guerrero vestido de seda verde que blandía un par de cimitarras gemelas. Las armas entrechocaban con su característico ruido metálico. Un instante después las dos hojas se trabaron y los dos hombres quedaron con los ojos clavados en el otro. En ese instante, los dos bajaron sus armas y empezaron a reír. El sonido claro de la risa llenó la sala hasta que se oyó una lejana pero potente voz que decía: "No hagáis tanto ruido que no puedo dormir."
"Tranquilo viejo dragón cascarrabias, ya callamos" dijo el hombre de las cimitarras.
"Nunca creí que los salones del dragón fueran tan grandes, tiene más de seis cámaras a su disposición" dijo el joven de la espada.
"Si la verdad es que el viejo vive de maravilla. La pelea ha sido fantástica Liadón. Has aprendido mucho en estos años."
"He tenido un buen maestro, Dillian. No sé que abría hecho yo sin tu ayuda y la de Néstor. Sois los únicos amigos que tengo aquí."
"No es nada, chaval. El viejo dragón me dijo que había un niño con problemas y que quería que le ayudase. Hay pocas cosas que se le puedan negar a un dragón..."
"Es cierto. Ahora tengo que irme. He quedado con Laila."
"¿Laila, tu prima? ¿La hija del barón?. Apuntas alto, pero ya sabes como son los sidhe: cambiantes y caprichosos."
"No hace faltas que me lo recuerdes" dijo. Su cara reflejó un momento una expresión amarga "pero creo que sabré defenderme. El truco está en saber en que dirección está cambiado el viento. Por cierto qué pasa con el viejo dragón. Se supone que las quimeras son creaciones de las mentes de las hadas, que surgen de ellas por su relación por el caos. Pero el viejo no parece ser así, ¿Qué pasa con él?."
"Eso mismo le pregunté yo, hace muchos años. Lo que me respondió fue que él venía de una época mejor, donde él y sus hermanos dragones podían recorrer el mundo libremente. Después llegaron los tiempos de cambio y todo empeoró. Algunos se fueron a otros reinos lejanos cercanos al caos, otros aceptaron poderes desconcidos a cambio de poder quedarse. Y él simplemente para mantenerse vivo eligió que sólo le viera cierta gente, que también era la más interesante."
Tenía 18 años aunque aparentaba sólo 16. Demasiado tiempo pasado en el castillo feérico se dijo. Estaba deprimido. Había roto con Laila. Al final, le importaba más de lo que pensaba, y no era tan fácil saber como cambiaba el viento en el corazón de un sidhe. Maldita sea, odiaba a esa estúpida nobleza feérica. Se creían que podían manejar y manipular a cualquiera sólo porque tenía una cara bonita. Elfos. Vivían en el pasado. No le extrañaba que las demás hadas los rechazaran en muchos casos. Habían huido a Arcadia cuando las cosas se pusieron duras y volvían ahora esperando que los demás los acogieran como sus dirigentes. Cogió una gran jarra cerveza de la mesa de banquetes y volvió a su rincón. Se estaba celebrando Imbolc, la vuelta de la primavera y los bardos hacían un corcurso con sus creaciones, mostrándoselas a todos los de la sala de banquete desde el escenario. Él había preparado una, bastante buena, con música y voz, pero ya no tenía ganas. Veía a Laila con Lord Edmun, un joven caballero sidhe. No podía competir con él, sólo era un humano. Por otro lado parecía que su madre estaba muy contenta hoy, radiante con su nuevo compañero. La odiaba. Nunca se había preocupado de él, al contrario, intentaba humillarlo siempre. Se refería a él como el bastardo o el muerto. No sabía a qué se refería con eso último, sólo que tenía que ver con su nombre: Liadón. Pero ni siquiera el dragón quería explicarle que significaba.
Su aya, Néstor y Dillian eran sus únicos auténticos amigos en este mundo de hadas, deseosas del glamour y el caos que produces por un lado y despreciativas y altivas por ser mejores que un simple humano. Al menos, esa era la norma con la mayoría de los sidhe, aunque parecía que había algunos que no eran tan malos, tenían miedo de lo que pensarían de ellos y de su madre, que no quería que tuviera amigos.
Vivía también en el mundo normal, gris y oscuro comparado con el mundo de las hadas. En el instituto tampoco encajaba. ¿Cómo te vas a preocupar del mundo normal cuándo has visto la magia?. Era el típico marginado, siniestro, un rebelde sin causa en espíritu pero no en apariencia. Tocaba la guitarra y cantaba en el grupo de rock. Era bueno, había aprendido de Dillian, que era uno de los mejores bardos de la corte, y la gente de la escuela tardaría tiempo en superarle. Pero aún así no encajaba. Su mirada estaba siempre perdida, imáginandose y rezando porque algún día encontrara una magia parecida él mismo.
Pero la tristeza venía acompañada de su prima, la rabia. Una rabia dificil de explicar y que parecía hacerse cada vez más fuerte, cada año mayor. Era un horno que amenazaba con quemarlo por dentro. Ese impulso le hacía pelear y combatir como un animal herido aunque los números estuvieran en contra. Por ahora la controlaba. Pero se decía a sí mismo que llegaría el día en que se soltaría. Y no sabía que iba a pasar ese día.
Cogió otra jarra de cerveza de la mesa y salió de la sala. Toda la gente parecía fijarse en él cuando se fue. Algunos tenían en la mirada la convicción de que no volvería. Se movió por los pasillos hasta llegar a las puertas del castillo. Los bosques cercanos se mecían con el viento alumbrados por las estrellas en una noche sin luna. Se alejó del radio de luz del castillo y se sentó apoyado en un arbol. Bebió de la jarra. Quería estar solo. No pertenecía a ninguno de los dos mundos, entonces ¿de dónde era?.
Fue en ese el momento en el que lo vió. Un enorme lobo rojo estaba cerca, gruñendo. Otro más se mostró moviendo la maleza. Y otro. Y otro. Toda una manada lo tenía cercado. De las sombras apareció un extraño. Su pelo era largo y de su cabeza sobresalían dos astas de ciervo. Sus ojos eran verdes y brillaban en la oscuridad como los de un gato. Su figura, contemplada en la oscuridad, era imponente. Alto y musculoso, llevaba una lanza en la mano. Los lobos parecían obedecer su mandato y se reunieron a su alrededor.
"¿Eres tú aquel que llaman Liadón?" Su voz evocaba a la luna sobre los árboles, el murmullo del viento. Evocaba a la misma naturaleza.
"Sí, soy yo. ¿Quién sois? Nunca había visto uno de vuestro raza."
"Me llamó Cernonus, señor de la caza salvaje. ¿Estás seguro de que eres Liadón?" preguntó expectante. Parecía haber visto algo extraño en él.
"Os he dicho que soy yo señor."
Las palabras que siguieron fueron extrañas, el hombre astado dijo, hablado al bosque:
"Alguien ha roto los viejos votos: se me ha llamado para recuperar la primavera, para cazar al Liadón. Pero el Liadón es de mi sangre, de la sangre del ciervo, uno de los hijos del lobo. No puedo matar a uno de mi sangre en la ceremonia del Liadón. El Liadón no puede llevar la sangre del cazador por sus venas. Tu no eres el Liadón pariente."
"¿Dices entonces que soy pariente tuyo? ¿Conoces a mi madre?"
"A tu padre mas bien" dijo. Mientras, a su espalda uno de los lobos llamaba a los demás para ir cazar. El aullido era penetrante y a Liadón le pareció bello. Se quedó un momento absorto escuchando el aullido del lobo.
El hombre llamado Cernonus le preguntó si quería aprender a hacerlo. Liadón asintió. No fue el único secreto que aprendió aquella noche. El hombre astado le enseño unos pequeños trucos de magia. Le enseño a ahuyentar a los animales del bosque, a aullar con el aullido claro del lobo y a resistir el alcohol, así como los venenos. Nunca se había planteado que fuera tan fácil hacer cosas aparentemente tan difíciles.
El hombre astado se fue, hundiéndose en la noche, no sin antes haberle citado en la noche de Samhain, cuando volviera por éstos parajes. Le comunicó que esa noche sería importante para él, aunque no le dijo por qué. Sólo que ese día él resolvería sus inquisitivas preguntas sobre su padre.
Volvió a la mañana. Durmió en el bosque, probando que ningún animal se acercaba y se alejó hacia el castillo.
La gente se sorprendió cuando le vio llegar. Se veía la expresión de franca sorpresa en sus rostros. Sonrió. No sabia lo que pasaba pero se sentía feliz. Sobre todo cuando se cruzó con su madre. La sorpresa hizo que perdiera la pose y abriera la boca en señal de asombro. Él le dedicó una sonrisa cínica. Su aya lo recibió como si esperase que hubiese muerto. Dillian también. No le importaba. Ahora él tenia unos pequeños trucos bajo la manga. Magia menor, pero magia después de todo.
Su hijo había sobrevivido a su nombre. Imposible. El nombre estaba conectado con la forma y el cazador, con la furia debiera haberlo matado antes de darse cuenta de que no era el auténtico. Pero no lo había hecho. Cómo odiaba a ese niño.
Él era el vivo retrato de su padre, el amante que la había abandonado. ¿Cómo había podido abandonarla?. Decía que pronto lo abandonaría ella. Quizás fuera así, pues las bodas feéricas duran un año y un día. Pero él no había dejado pasar el tiempo establecido. Además nunca volvió. Ojalá hubiera muerto.
El niño era igual que el padre: apasionado, galante, orgulloso y algo fiero. Así que se vengó en el hijo por lo que le hizo el padre. No importaba que el hijo fuera una parte de ella, pues ella nunca lo había sentido así. Lo odiaba y acabaría haciendo que muriera.
"No te miento, viejo cascarrabias", dijo Liadón dirigiéndose a Néstor. "Fue así, me dejó ir. ¿Sabes que significa?."
El viejo dragón aspiró por su pipa y dirigió una mirada a Dillion.
"Se supone que ahora ha acabado la prohibición. ¿No, Dillion?"
"Si, la noche ha pasado. Pero le va a sentar mal, viejo."
"Cierto, pero mejor que sean sus amigos los que se lo digan. Mira chico, el nombre de Liadón está ligado a la caza salvaje. La leyenda dice que la caza es una representación de la naturaleza salvaje y que da caza al Liadón la noche de Imbolc para que con la sangre de éste la tierra se renueve y llegue la primavera. El auténtico Liadón después vuelve a nacer, y el ciclo sigue su curso. El hombre astado que te encontraste es Cernonus, el señor de la caza salvaje."
"Entonces, el cazador debía matarme..." dijo Liadón asombrado.
"Sí, en parte. Como sabes los nombres están ligados a la magia, y el cazador rastrea al Liadón mediante la magia del nombre. Pero si hay un hombre con el nombre equivocado, la furia del cazador durante esa noche hace que lo mate. Eso era lo que quería tu madre. Por eso echo un conjuro sobre el palacio. Nadie podía en ningún momento hablarte de esto. Y ninguno de nosotros tenía poder para romper el conjuro, por lo que no pudimos avisarte. Ahora el conjuro está roto, pues su duración solo era hasta el día siguiente a la noche de Imbolc en la que tuvieras dieciocho años. La noche en la que el cazador vendría a por ti."
"Un día, Néstor, un día me vengaré, te lo juro."
Las palabras resonaron en las paredes y el eco seguía conservando la hiel y el odio que tenían cuando salieron de su boca.
Los días pasaron rápido hasta Samhaim. Aquella era su oportunidad. Había quedado a medianoche con el cazador en el bosque. Pero todavía quedaba tiempo. A palacio había llegado un invitado que no tenía que ver con las hadas. Un pródigo, lo que quería decir que poseía magia pero que no era feérica. Se sentó cerca. Era un hombre alto, delgado y pelirrojo, con barba de tres días. Una miríada de cicatrices recorrían su cuerpo y su rostro. Estaba bebiendo cerveza en un rincón disfrutando de la noche.
"Perdone, señor."
"¿Qué pasa muchacho, no te diviertes? Coge una cerveza."
Liadón cogió despreocupadamente una jarra de hidromiel de una mesa cercana y se concentró en divertirse alrededor del fuego. Pero no podía. Cerca de la medianoche. Se oyó por encima de la música, por encima de las risas y la algarabía. El aullido de un lobo. Potente y penetrante como un rayo de sol rompiendo la oscuridad. Su corazón latió rápidamente. De repente quería unirse a él. Sentía que la rabia de su alma, quería salir y aulló.
Respondió al aullido con otro, claro y firme, tan potente como el anterior y que parecía salido de la garganta de un lobo, en vez de la de un chico de dieciocho años. Salió corriendo hacia el bosque, siguiendo al aullido en la oscurdad, alumbrado por la luna llena. El extraño lo siguió.
Llegó hasta el claro donde le estaba esperando el hombre astado. El extranjero llegó un poco detrás de él y pareció sorprendido. El astado dijo:
"Esta noche prometí decirte quién era tu padre y así, te diré que eres tú. Tu padre fue Brom Moon-Warder, uno de los de mi estirpe, Garou e hijo de Fionn. Esta noche será la noche de tu primer cambio, como me dijo Ciervo el día que nos encontramos. Duncan, te he llamado aquí para que cuides del cachorro hasta que llegue con los suyos."
El extraño estaba boquiabierto ante las palabras del cazador, que desapareció después de decirlas. Liadón también se quedó extrañado, pues no había comprendido las palabras del cazador.
Sin dejarles tiempo a reaccionar, tres siluetas con antorchas salieron de la espesura. Una era enorme, un gigante de piel azul y cabellos rojos, que llevaba en sus musculosos brazos una gran hacha de dos filos. El otro era un individuo pálido lleno de tatuajes, con el pelo teñido de rojo. No llevaba armas, pero tenía un aspecto que decía "Soy el más duro". El tercero era un caballero sidhe con una armadura y una espada, con su pelo negro ondeando al viento y con una sonrisa sardónica en su cara.
"Extranjero, sólo queremos al chico, vete y no te pasará nada" dijo el sidhe.
"Así que era eso" pensó Liadón "mi queridísima mami ha mandado a un grupo de asesinos a matarme, que tierno."
El extranjero sonrió, pero no hizo ningún ademán de irse. Al menos ahora serían dos contra tres. Maldita sea, como odiaba a su madre y ahora iba a morir a manos de sus esbirros. No lo iba a consentir, esta vez dejaría libre la rabia, la ira que sentía por todos y cada uno de ellos. Lo matarían pero se iban a acordar...
Se despertó por la mañana con la ropa destrozada y un fuerte dolor de cabeza. ¿No estaba muerto?. No recordaba nada. Bueno sí, tenía conciencia de un enorme monstruo que había despedazado a sus enemigos o algo así. Recordaba vívidamente las expresiones de terror en sus rostros mientras las garras cortaban y la sangre manaba.
"Buena pelea la de anoche, ni siquiera necesitaste mi ayuda. Tienes muchas agallas, chico."
"¿Qué pasó anoche?"
"Es fácil, te convertiste en un monstruo medio hombre-medio lobo que atacaba a todo lo que se ponía en su camino. Ellos lo estaban y sufrieron las consecuencias."
Aquel tipo estaba loco o le estaba tomando el pelo. Aquello no podía ser verdad. Pero... Se dio cuenta de que sus recuerdos eran en primera persona: eran sus garras las que se clavaban en la carne en su sueño y él estaba justo al otro lado de las garras mientras veía las expresiones de miedo de sus oponentes. Mierda ¿Era un hada o que cojones era?
"Mira chaval, sé que ahora mismo tienes un montón de dudas, pero si no me crees prueba lo siguiente. Empieza a pensar como un lobo. Gruñe, aulla y todo eso. Hazlo."
Que estupidez, pensó. Pero lo hizo. Se imaginó gruñendo y soltó un aullido hacia el sol. Un aullido largo que reverberó en todos los extremos del bosque. Cuando acabó el aullido, él era un lobo apoyado en una roca. Se dio cuenta de lo fácil que le había resultado. Y también de que ahora tenía un poder, uno que era capaz de igualar al de las demás hadas. Era la hora de devolver favores a los amigos y venganzas a los enemigos.
"Vamos, tengo poco tiempo para explicarte muchas cosas y no nos sobra..."
Al contrario, tiempo me sobra, pensó.
Pasaron un par de días de reuniones en los aposentos del dragón fraguando el plan. La parte más difícil fue volver al palacio sin que nadie los viera. El registro de los cuerpos mutilados no había dado resultado y no tenían la seguridad de que hubiera sido su madre. Mientras tanto, Duncan, un hombre lobo también, enseñaba a Duncan lo más básico de los conocimientos de esta raza. Poco después realizaron su plan.
La noche había sido elegida con extrema cautela. La madre de Liadón tenía compañía esa noche y dos guardias estaba apostados delante de la puerta. Liadón sonrió, verdaderamente aquél era el momento apropiado. Se presentó en la puerta acompañado por Dillian y Duncan.
"Señor, no puede pasar" dijo uno de los guardias. Parecía que no le había reconocido.
"¿Ah, no?"
La puerta se abrió de golpe dejando caer los cuerpos de los guardias, inconscientes. El trío entró en la habitación como un huracán, despertando a los dos cuerpos que reposaban bajo las sábanas de la lujosa cama con dosel.
"Hola madre, como ves tus patéticos empleados han fracasado y tu segunda tentativa de matarme también. ¿Lanzarás ahora a tu gigolo contra mí?."
El rubio sidhe que acompañaba en la cama a su madre se levantó de un salto, se puso unos pantalones y cogió su espada. Estaba rojo de ira, como su madre. No podía ocultar el hielo de su miraba. Pero ya no le intimidaban. Ahora, por fin él llevaba el control.
"¿Qué me has llamado estúpido bastardo?" dijo el elfo rubio, blandiendo su arma. No le hizo falta cambiar. Alimentado por su rabia, se movió rápido como el viento y tumbó al elfo con dos certeros puñetazos, uno en el estómago y otro en la cara. El elfo hizo un ademán de volver a la carga, pero su madre lo detuvo.
"¿Osas entrar en mis aposentos? Vete antes de que te convierta en un sapo, pequeño imbécil."
"No madre, tú ya no me asustas. Ahora, tengo poder. Yo también soy especial, yo también tengo magia. Si intentas algo, antes te romperé el cuello. Tengo derecho, me has intentado matar dos veces."
Su madre rió.
"Pequeño estúpido ¿Crees que ese burdo segundo intento fue cosa mía? Yo nunca hubiera hecho una cosa tan basta y simple. Prefiero mil veces como con cada día de humillación y sufrimiento te hundes en la miseria. Pero hasta ahora has sobrevivido. No, desde luego, humillarte es mucho mejor que matarte. Si quieres saber quién es el jefe de esos matones habla con tu prima Laila. Ella pagó para que te mataran."
¿Cómo? ¿Laila? ¿Era eso posible? ¿Qué razón tenía Laila para matarlo?
"No te creo" dijo Liadón.
"Juro por mi corazón y mi alma que fue Laila la que estaba detrás de esa conspiración y que yo no tuve nada que ver. Si la promesa es falsa, si ésta verdad no es pura que el caos me quite lo que me ha dado."
Mierda. Era verdad. Ella acababa de hacer un juramento en un castillo feérico lo que aseguraba que si no se cumplía éste, el caos haría que se cumpliera la condición. Ella había jurado que si no era verdad, perdería sus poderes.
"Bien, madre. Entonces me tendrás que proporcionar pruebas para un duelo."
"¿Por qué debería hacerlo? Al contrario, creo que no lo haré, así que vete."
El elfo del suelo parecía haber recuperado la compostura y el orgullo mínimo para levantarse y salir corriendo, habiendo sido humillado por lo que él creía un simple mortal.
"No me has entendido madre, lo harás. Y lo harás porque si no te acusaré a ti del crimen y daré de prueba mi nombre. Sabes de sobra que se me concederá un duelo. ¿Crees que tus estúpidos campeones podrán con mi furia? Ni un troll enfurecido podría conmigo. Y dudo que ningún troll quisiera defenderte. De hecho, la mayoría de los comunes se pondrían de mi lado. Serías marcada y expulsada, madre. No sabes lo que soy madre, y todavía tienes que contemplar mi furia."
¿No sabía qué era? Sí lo sabía, pensó su madre. Era lo mismo que había sido su padre. Era un hombre lobo. Y en sus ojos contemplaba que la odiaba lo suficiente como para hacer eso y más. Suspiró. A fin de cuentas parecía que también tenía una parte de ella. Tendría que ayudarle.
La hora del duelo llegó. Las pruebas obtenidas por su madre mediante adivinación habían llegado para que se concediese la lucha. Todos estaban pendientes de ella, pues Laila no había pedido campeón y el duelo sería a muerte. Según los reunidos el pobre mortal no tenía ninguna oportunidad contra una de las mejores espadas del castillo. El momento llegó y los opnentes se pusieron cara a cara. Liadón llevaba sólo una espada y un traje viejo, mentras que Laila iba cubierta de una fina cota de mallas decorada en plata, con la insignia de la casa.
"Una pregunta antes de empezar Laila. ¿Por qué?" preguntó inquisitivo Liadón.
Laila rió.
"Porque no moriste en Imbolc y tú serías el heredero del título de condesa de tu madre. Si tú mueres, el título pasa a mi padre y de él a mí, pequeño estúpido. Al principio querían casarme contigo, pero me repugnabas tanto que no pude seguir con la actuación más tiempo, así que te dejé. Ahora te mataré personalmente pequeña babo..."
No pudo acabar la frase. Sus palabras habían acertado de lleno al corazón de Liadón, haciendo mucho daño. Daño que se manifestó en ira y la rabia se liberó, otra vez. Los espectadores sólo vieron la silueta de un hombre lobo de pelaje rojo que atacó como un rayo a Laila. La cota de mallas no le sirvió de nada. Antes de que pudiera reaccionar, era un charco de sangre en el suelo y mientras la sangre se iba de su cuerpo oyó el aullido victorioso de su enemigo, que le acompañó en su camino más allá de la vida.
Sugerencias de interpretación:
Eres galante, apasionado en todo lo que haces, rápido en enfadarte y no olvidas nada. Crees en el ojo por ojo y diente por diente. No tienes problemas con la autoridad, pero sí con los arrogantes. Odias a la gente que cree que ha nacido superior y que por eso todo el mundo debe respetarla. El respeto se gana con acciones, no por nacer en una cuna bonita.