Si "El Beso Zayat" es el primer relato publicado jamás del insidioso Doctor Chino, aquí presentamos el último que Rohmer escribió. Se publicó por primera vez en "This Week Magazine", con el título de "Fu Manchú y la pelirroja asustada". Posteriormente, volvió a aparecer en el Edgar Wallace Mystery Magazine, cambiando el título por "The Mind of Fu Manchu", y, por último, apareció en el último volumen publicado sobre el siniestro doctor: "The Wrath of Fu Manchu", que recopilaba los últimos relatos escritos por Rohmer para el personaje. Esta pieza, de enorme interés, aparece aquí por cortesía de José Ignacio Martinez Ruiz. ¡Gracias Nacho!
LA MENTE DE FU MANCHÚ
Por Sax RohmerThe Mind of Fu Manchu
1 de Febrero de 1959.
Edgar Wallace Mystery Magazine.
Traducción: Jose Ignacio Martinez Ruiz
Ella despertó en una incomprensible confusión. Había un vago olor que le pareció a incienso, y sentía una extraña pesadez en sus miembros. ¿Dónde me encuentro? ¿Quién soy? Eran las preguntas que se arremolinaban confusamente en su cerebro. Entonces, le devino un paralizante terror; terror al silencio, al vacío que la rodeaba. ¿Había sido secuestrada? ¿Había sufrido un accidente? ¿Acaso sufría amnesia? Perdió el control, y quiso gritar… pero no pudo emitir sonido alguno.
Y luego, para coronar su creciente estado de pánico, comenzó a ser consciente de cierta presencia. Hasta sus oídos llegó una voz suave, una sibilante y autoritaria voz:
- Está a salvo, señorita Merton. No hay peligro.
¡Aquella voz! Lo extraño de su tono despertó de manera mágica su memoria. Ella era Pat Merton. Conocía aquella voz y recordaba dónde la había oído antes. De forma cada vez más clara, como si se levantara un velo, recordó el abarrotado salón del Hotel Mayflower. Allí tenía lugar la recepción de Bruce Garfield y sus colegas. Pero su viejo amigo Nayland Smith llegaba en aquellos momentos de Hong Kong, y le había telegrafiado para que fuera a encontrarse con él en el avión, por un asunto de vital importancia. Bruce le había telefoneado, y le había rogado que se apresurara al hotel para disculpar el inevitable retraso.
Los colegas de Bruce la rodearon nada más verla y le presentaron a algunos de los dignatarios que había entre la multitud. Uno de ellos era un científico suizo cuyo nombre no podía recordar. Sí recordaba, sin embargo, que llevaba gafas oscuras. Recordaba la incómoda sensación de su presencia cuando oyó su voz zumbando hacia ella, y como había decidido abandonar su compañía. Y entonces, y en eso su memoria era clara como el cristal, el caballero suizo se quitó las gafas, y le lanzó una mirada fija y penetrante con aquellos oblicuos ojos verde esmeralda. Salvo por el vago recuerdo de que le había conducido a un taxi o un coche particular, lo demás estaba en blanco. Pero aquella era su voz. Repentinamente, en el más absoluto silencio, una alta figura apareció junto a ella.
Al mirar a lo alto, Pat hubiera querido gritar. Pero una sensación de horror, o peor, de miedo sobrenatural, la redujo a una pasiva sumisión. Era, sin duda, el hombre que había conocido en el Hotel, pero había cambiado. Caracterizado de científico suizo, debía haber llevado peluca, pues su gran cráneo apenas estaba cubierto de pelo. Era su rostro maravilloso, la faz de un genio, pero el de un genio inspirado por el diablo.
Habló con suavidad, mientras la observaba, y sus palabras le aliviaron extrañamente del temor que la dominaba.
- Lamento mucho que se sintiera indispuesta por el calor del salón del Mayflower, señorita Merton. Me tomé la libertad de traerle aquí para que se recuperara.- sus ojos parecían absorberla hacia sus verdeantes profundidades, pero ella pudo recuperarse a tiempo para escuchar aquellas últimas palabras: “Mi coche está a su servicio”.
La fría brisa de la noche le refrescó en el momento en el que un cortés chofer, con un elegante uniforme, la acomodó en el interior de una limusina.
Aturdida, comenzó a analizar los lugares por donde pasaban. El conductor se había adentrado en un laberinto de estrechas y sórdidas calles. En oscuros callejones había podido vislumbrar rostros chinos que se asomaban a la luz de las farolas. Sobre los bajos tejados se adivinaban las luces que evidenciaban nocturnas actividades; pudo escuchar la profunda nota del silbato de un vapor. Se encontraban en los muelles del East End, lugar del que nada sabía.
Luego, enfilaron una amplia y recta avenida, totalmente desierta, pero que pertenecía a una parte de la ciudad con la que ya se encontraba familiarizada. Pudo ver de pasada Mansión House,… Ludgate Hill… Llegaron al Strand… Charing Cross… Picadilly.
El coche se detuvo. El chofer abrió la puerta. Pat salió y se encontró frente a la entrada del Hotel Mayflower.
- ¡Las dos!- exclamó Pat con asombro, cuando el portero le dio la hora.
- Sí, señorita.- el hombre la observaba con curiosidad.- ¿Está usted alojada aquí?
- No. ¿Podría llamar a un taxi, por favor?- Bruce debía estar frenético. Debía encontrarse con él.
Pat abrió el bolso maravillada de que el dinero pudiera estar todavía allí. Pero todo estaba en orden. Dejó al portero y dio al conductor del taxi la dirección del apartamento de Bruce, en Knighsbridge. Era habitual que ella fuera allí mientras él trabajaba, por lo que tenía una llave.
Bruce ocupaba un pequeño piso que Pat había ayudado a amueblar y decorar. Cuando se detuvo el taxi, vio luz a través de las ventanas; se podía escuchar una excitada conversación a través de una ventana abierta. Vaciló unos instantes antes de llamar al timbre.
Las voces cesaron. Luego se oyeron llegar unos pasos que bajaban por las escaleras. Se abrió la puerta.
- ¡Pat! ¡Pat! ¡Cariño! ¡Estás a salvo, gracias a Dios!
Pat se dejó estrechar entre los brazos de Bruce.
Estaba tan exhausta por las emociones sufridas, que tuvo que ser llevada en brazos hasta la sala de estar. La primera persona que vio al entrar fue un hombre alto y delgado, de piel bronceada, de encanecidas sienes que clareaban sobre su negro cabello, y aquellos ojos grises…, ella le conocía y se sintió aliviada al verle: Sir Denis Nayland Smith, Comisionado de Scotland Yard y uno de los más viejos amigos de Bruce. Era el hombre que había deseado encontrar.
- Nos ha dado un bonito susto, señorita.- espetó a su manera desenfadada.- Tiene cuatro divisiones de Policía Metropolitana peinando Londres en su busca. Este es el inspector Haredale de Scotland Yard. - dijo presentándole al tercer hombre que había en la sala.- Está dirigiendo la busca.
El inspector daba todo el tipo de un oficial de policía, con sus mofletes sonrosados, sus francos ojos azules y su mostacho gris que le caracterizaban a la perfección. Una vez se hubo calmado la excitación que se produjo ante tan inesperada y repentina aparición, Nayland Smith volvió a hablar.
- Antes de que nos explique las circunstancias de su desaparición, permítame informarle de todo lo ocurrido desde que se evaporó del Hotel Mayflower. Garfield no sospechó nada cuando le dijeron que usted había salido tras entregar su nota en la que pedía disculpas. Después de la recepción, yo volví a mi piso de Whitehall Court y Garfield vino aquí. Fue entonces que hizo un desagradable descubrimiento.
Hizo una pausa para encender su pipa, que se había apagado. Bruce cruzó la estancia hasta el sillón en el que se sentaba Pat, y se recostó en el reposabrazos colocando una mano sobre el hombro de ella.- No permita que lo ocurrido le preocupe, Pat. No es usted responsable de ninguna de las maneras.
Pero Pat, que observaba los rostros de los allí presentes, percibió que cualquier cosa que hubiera podido pasar durante aquellas horas estaba directamente relacionada con el piso de Bruce.
- En Hong Kong tuve conocimiento de la noticia de una conferencia dada por Garfield ante un grupo de científicos, la semana pasada. - dijo Nayland Smith.- En ella se bosquejaba su teoría para viajar al Espacio Exterior sin la necesidad de la propulsión por cohetes. Habló acerca de un modelo a escala en el que estaba trabajando, y comprendí que se encontraba en verdadero peligro.
- ¿Por qué? - susurró Pat
- Porque yo sabía que el Doctor Fu Manchú se encontraba en Londres. Están desapareciendo científicos por todo el mundo. Todos ellos tienen en común que se encuentran trabajando en el problema de la antigravedad. - respondió.- Usted no conoce al Doctor Fu Manchú, Pat….
- ¡Oh, si le conozco…! - replicó Pat.- Es horrible. No parece humano…
Nayland Smith confirmó sus palabras con un gesto de su mano derecha y una juvenil sonrisa que parecía desmentir su grisáceo cabello.
- Siempre he opinado lo mismo, Pat. El Doctor Fu Manchú ha deseado siempre resolver el problema de antigravedad, aunque, hasta ahora, no teníamos pruebas para confirmar que eso era así. Yo sabía que querría ver el modelo de Garfield, y tomé el primer vuelo que pude hacia aquí. Pero era demasiado tarde.
- Sir Denis, ¿qué quiere decir con demasiado tarde?
- Quiere decir, - continuó Bruce, dirigiéndose a Pat.- que mientras él y yo nos encontrábamos en la recepción, el piso fue registrado. Lo descubrí en cuanto llegué a casa al salir del Mayflower, y te llamé inmediatamente. No hubo respuesta. En diez minutos de indagaciones, pude darme cuenta de que tú habías desaparecido y que habías abandonado el Hotel en compañía de aquel hombre extraño y sin identificar.
- Yo le identifiqué.- replicó Nayland Smith.- Era el doctor Fu Manchú. Pat, el modelo a escala del vehículo interplanetario de Garfield ha sido robado. Sólo usted y él sabían dónde estaba escondido. Sólo usted nos puede dar una pista que nos lleve a la base de Fu Manchú.
Pat dijo que no tenía sino un vago recuerdo de su salida del hotel, cuando Nayland Smith le interrumpió:
- Los lugares por los que usted no ha ido hace una hora ya son conocidos por la policía metropolitana.
Pat miró unos instantes a Bruce y continuó con su historia. Como se había despertado en la habitación silenciosa, el olor a incienso, la completa inercia de su cuerpo y su mente, parecían tener un cierto sentido para Nayland Smith, que hizo un gesto significativo hacia Bruce.
- Como suponía, Garfield.- dijo de pronto.- Y ahora, Pat, le ruego que sea lo más meticulosa posible en la descripción de los lugares por los que pasó en su regreso de aquel lugar… si le es posible. ¿Recuerda algo de ese momento?
Pat describió el recorrido realizado a media noche. Las angostas calles, los rostros asiáticos, las amplias y desiertas avenidas, las llamadas de los vapores…
- La imagen es clara. ¿No está de acuerdo, inspector?
- Completamente, Sir Denis. En el momento en el que nos llegó su telegrama desde Hong Kong, diciendo que Fu Manchú había salido para Londres, la semana pasada, nos pusimos en marcha. Todos los escondites conocidos o de los que se sospechaba podrían ser utilizados por el Doctor Fu Manchú fueron vigilados con discreción. La única pista importante, sin embargo, pareció llegar de la División K, en Limehouse, tal y como le comenté. Hemos acordonado un pequeño área en aquella zona. Creo que el lugar donde la señorita Merton se encontró esta noche está en el interior de este anillo.
- Entonces, no hay motivo para esperar más.- - dijo Nayland Smith, poniéndose en pie.- Es posible que lleguemos demasiado tarde, pero vamos a intentar capturar de una vez por todas a Fu Manchú. El tiene una magnífica opinión de sus propios poderes de hipnotismo, y es posible que piense que está a salvo de todo peligro. Pero creo que Pat salió de su trance antes de lo que él supone.
Una vez se encontraban recorriendo las calles de Limehouse en un coche patrulla, Nayland Smith explicó el resto de la historia a Pat:
- El doctor Fu Manchú había descubierto que usted tenía una llave del piso de Bruce, y que usted conocía el lugar en el que estaba escondido el modelo. La puerta del tabique falso estaba cerrada, y solo usted y Bruce conocían la forma de abrirla. Pero el modelo había desaparecido. Los planos estaban a buen recaudo en el Departamento de Guerra, pero para un hombre del talento de Fu Manchú, el modelo es más que suficiente. Él la trajo al piso desde el Hotel Mayflower bajo hipnosis. Usted abrió el panel y ambos fueron a alguna de sus guaridas, donde él pudiera examinar el modelo a conciencia.
- Nunca me lo perdonaré.- dijo Pat con tristeza.
- No digas eso.- exclamó Bruce.- No había nada que tu pudieras hacer…
El coche de policía en el que iban se adentró en callejas oscuras y estrechas. Pat recordaba la ruta seguida, empezaba a reconocer ciertos lugares. Un hombre que se encontraba en la esquina de una escurrida callejuela hizo tres señales con la linterna, cuando el coche se aproximó.
- Estamos en el interior del cordón.- informó el inspector Haredale.
- ¡Reconozco esa callejuela!- exclamó Pat repentinamente.
- Continúa por aquí.- ordenó Haredale al conductor.- Aquí empieza el trabajo duro.
El coche se zambulló en la oscuridad de la vía, y al llegar a su extremo final, surgió de entre las sombras, en donde se hallaba medio oculto, un hombre que saludó al inspector.
- ¿Algún movimiento Elkin?
- Nada, señor. Si hay alguien en el interior, no hay duda de que allí debe seguir.
Se sospechaba que cierta casa, que se encontraba a la orilla del río, a la que se habían colocado los hitos que indicaban su futura demolición, podría estar sirviendo secretamente como base temporal al doctor Fu Manchú. Uno de los detectives de la División K había encontrado una manera de acceder a ella a través de un edificio vecino.
- Tendremos que subir, Pat.- avisó Nayland Smith con sequedad. - Tendrá que venir con nosotros; sin usted no podremos rastrear el lugar. Guíenos, inspector.
El camino llevaba a través de un edificio que daba a la cerrada callejuela. Pat se encontró ascendiendo por una empinada y reducida escalera, guiada por la balanceante luz de la linterna que llevaba el Inspector Haredale. La ascensión continuó hasta llegar a la séptima y última planta. Pat vio una escala que llegaba hasta una trampa en el tejado.
- Iré el primero, señorita.- dijo el detective.- La noche está oscura, pero no quiero llevar luz.
Ascendió el hombre y abrió la trampa, una vez arriba hizo una señal con la mano. Pat subió, seguida de Bruce. Nayland Smith y Haredale formaban la retaguardia. Estaban sobre una estrecha canaleta, en un tejado muy inclinado de pizarra por un lado, y que, por el otro caía en picado hacia la calle. Una escala de hierro estaba colocada en la parte más alta del edificio y llegaba hasta el tejado de enfrente, que era llano. A la fugaz luz de la luna, a unas yardas de distancia, Pat vio una claraboya oblonga.
- Les debo rogar que guarden el más absoluto silencio en estos momentos, señores. - dijo el inspector Haredale. - Elkin, nuestro guía, ha intentado abrir una sección de esta claraboya.
Elkin sacó una escalera de soga de un escondite cercano, y levantó un trozo de claraboya. Enganchó la escalera al armazón y bajó al interior del edificio. Desde abajo, encendió una linterna.
- Tengo el extremo de la escala.- susurró.- ¿Puede ser usted el siguiente, señor Garfield, y puede ayudar a la señorita Merton?
La escala fue utilizada por todos, y no tardaron los miembros del grupo en encontrarse en un sofocante y mal ventilado desván, impregnado de exóticos olores. El edificio había servido de almacén a una empresa de importadora de especias.
Las escaleras les llevaban por una serie de galerías que transformaban el lugar en una caja de resonancia, en la que el paso más cauteloso parecía la marcha de un pelotón.
- No es necesario que vayan de puntillas.- soltó Nayland Smith. Si hay alguien en este lugar, sabe perfectamente que ya estamos aquí. La habitación en la que usted se encontró estaba en la planta baja, Pat. Vamos allí. Un poco más de luz, sargento.
Bajaron de galería en galería hasta alcanzar el final de la escalera. Una vez allí, se quedaron quietos, escuchando. No se oía nada. El perfume de aquel lugar era el que se podría encontrar en un bazar.
- Fueron sus palabras acerca del olor a incienso, señorita, lo que me convenció de que podía ser este lugar.- dijo el Inspector Haredale a Pat.- Elkin, ¿Cuál es la distribución de este piso?
- Hay una oficina interior, y otra principal que se abre hacia la calle.
- Estemos preparados para cualquier situación.- indicó Nayland Smith.- Si tenemos suerte, Fu Manchú estará allí. Si la puerta estuviera cerrada, la tiraremos.
La puerta no estaba cerrada. Al abrirla, vieron que la habitación estaba iluminada.
- Quédese con Pat por un momento, Garfield.- dijo Nayland Smith con voz tensa.- quiero cerciorarme de lo que hay ahí delante.
Entró, seguido de Haredale y Elkin. No había nadie en la habitación. Pero cuando Pat se asomó al interior de la estancia, vio una gran cama iluminada por una lámpara con pedestal que emitía una extraña luz verde.
- ¡Esta es la habitación en la que me desperté!- gritó.
Bruce y ella se unieron a Nayland Smith:
- ¡Buen Dios!- dijo Bruce con apenas un susurro.- ¿Puede ser cierto?
Sobre una mesa que se encontraba tras de la cama, destellaba un extraño objeto bajo los rayos de la lámpara. Estaba compuesto de algunas piezas de textura metalizada que tenían la forma de dos platillos, invertidos el uno sobre el otro, sustentados sobre cuatro columnas lisas, hechas, aparentemente, de vulcanita.
- ¡Mi modelo!- gritó Bruce, y se lanzó hacia él.
- ¡Un momento, señor!- exclamó el inspector Haredale, cogiéndole del brazo.- Puede ser un señuelo. Elkin, asegúrate que no hay nada escondido bajo la mesa.
En el momento en el que el detective se inclinaba sobre sus rodillas para buscar, Nayland Smith se acercó a la puerta de la oficina principal. Estaba cerrada.
- No hay cables, señor.- informó Elkin.- Está limpio.
Casi antes de que llegaran sus pies a la mesa, Bruce tenía ya en sus manos el modelo y lo examinaba.
- ¡Bruce!- exclamó Pat con temblorosa voz.- ¿Ha podido ser manipulado?
- Le aseguro, señorita Merton, que no lo ha sido.- respondió una voz sibilante en tono burlón.
- ¡Fu Manchú!- espetó Nayland Smith.- ¡Está en la otra habitación! Adelante Haredale. ¡Le tenemos!
Disparó tres tiros con su revolver, la señal convenida para iniciar el asalto. Hasta ellos llegó una leve carcajada:
- Ah, ya se encuentra usted allí, Sir Denis Nayland Smith. Antes de que llegue la fuerza de asalto, quisiera mantener una breve conversación con usted. Supongo está también el señor Garfield. ¿No es así? No puedo resistir la tentación de decirle por mí mismo que se encuentra usted lejos de resolver el problema de la gravedad. Después de haberme permitido observar su modelo, no veo inconveniente en que podamos compartir conocimientos. En compensación por la ayuda de su encantadora amiga, la señorita Merton, le daré una pista que, sin duda podrá seguir usted fácilmente.
Bruce, que se sentía como si viviera un sueño, dijo:
- ¡Está bien!
Reverberó el lamento de los silbatos de la policía, y se escuchó el rugido de un motor. Se podía oír en la calle contigua gritos tumultuosos.
- Su modelo, señor Garfield, es muy elemental.- continuó la extraña y siniestra voz.- Pero estaba muy interesado en observarlo. Ha recorrido un corto camino en la ciencia de la antigravedad, pero está en la línea correcta. Escuche.- La voz sibilante del doctor Fu Manchú bajó su volumen, a medida que daba explicaciones más específicas. Bruce escuchaba fascinado y tomaba rápidas notas. Finalmente, la voz concluyó con una sorprendente revelación.
- Seguramente usted recordará la sensación que causó la aparición de los platillos volantes. Algunos de ellos, no todos, eran experimentos de mis aparatos de antigravedad, que he ido perfeccionando con el tiempo. Los otros, supongo, proceden de otros planetas.
Intentaban abatir la puerta de la entrada a base de golpes. Una voz gritó:
- ¡Inspector Haredale, ¿está usted aquí?!
- Puede decir a sus agentes que se tranquilicen.- indicó la voz con calmoso tono.- Se que se habrán imaginado que no me encuentro en la oficina de al lado. Estoy a cincuenta millas de distancia. Cuando usted abrió la puerta de la habitación en la que se encuentran, conectó conmigo a través de un dispositivo amplificador unido a un aparato de radio de onda corta que, si tienen paciencia, encontrarán en la oficina principal. Lo instalé hace algún tiempo para poder dar órdenes a mis subordinados en este lugar.
Un crujido indicó que la puerta de la calle se venía abajo. Podía escucharse el estruendo de los hombres que bajaban por las escaleras desde la entrada del tejado. Pat temblaba. Con un sollozo, se volvió a Bruce, que sujetaba el modelo.
- Bruce, cariño, ¿es cierto? ¿Has fallado?
Bruce depositó el modelo sobre la mesa, abrazó a Pat… y soltó una carcajada:
- Este es el primer modelo que realicé, y ciertamente hubiera odiado el perderlo. Supongo que es un sentimiento parecido al que siente el escultor por el boceto de su obra. Pero no le ha podido decir mucho al doctor Fu Manchú acerca de mi investigación. Es más, en su jactancia, éste me ha revelado más de lo que nunca hubiera imaginado. Pero nadie, si quiera tu Pat, sabe lo que he avanzado desde este primer modelo. El Doctor Fu Manchú no es el único hombre que ha resuelto el problema de la antigravedad. Los otros platillos que mencionaba no proceden del espacio exterior. Y, sin duda, le sorprendería lo que voy a revelarte. Una de las más importantes empresas del mundo ha financiado los experimentos de mis propios aparatos de antigravedad. ¡Ese es el verdadero secreto de los platillos volantes!
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