Continuamos ofreciéndoos los relatos inéditos de Fu Manchú, y que serían recopilados en el último volumen publicado sobre el siniestro doctor: "The Wrath of Fu Manchu". Una vez más, le debemos esta fascinante pieza a la dedicación y el buen hacer de José Ignacio Martinez Ruiz. ¡Gracias Nacho, campeón!
LOS OJOS DE FU MANCHÚ
Por Sax RohmerThe Eyes of Fu Manchu
6 y 13 de Octubre de 1957.
This Week Magazine.
Traducción: Jose Ignacio Martinez Ruiz
- ¿El doctor Gregory Allen?- Gregory levantó la vista del periódico que leía en aquellos momentos en la recepción del hotel. No tardó en reconocer aquel tono de voz, pero no había supuesto escucharlo nunca en París.
Vio a un hombre alto y de rostro enjuto, de encrespado cabello que clareaba en las sienes. El hombre tenía la apariencia de un oficial retirado del ejército de la India, pero su sonrisa era treinta años más joven.
- ¡Nayland Smith!- Gregory saltó de su sillón y le estrechó la mano.- ¡Que grata sorpresa! ¿Cómo me ha seguido hasta aquí?
- Conseguí su dirección en la Sorbona.- Sir Denis Nayland Smith se dejó caer en una silla situada frente a Gregory y comenzó a llenar su pipa.- Formé parte de su admirada audiencia en la conferencia que dio en el paraninfo. Habla usted el francés mejor que yo, a pesar de su acento americano. No me uní a la chusma que ocupaba el local, pero me congratulo de ser uno de sus más fervientes seguidores. Para un joven como usted que apenas pasa de los treinta, eso es mucho decir.
- ¿Qué estaba haciendo usted allí?
- He alcanzado cierta edad, Allen,- respondió Nayland Smith con una mueca infantil.- en la que sus teorías acerca del prolongación de la vida, más allá de los logros alcanzados en la actualidad, empiezan a interesarme.
- No tiene pinta de necesitar usted ninguno de mis descubrimientos químicos para conservar la juventud.
- La verdad es que esperaba encontrar a cierta persona entre el público, - respondió Nayland Smith con seriedad.- una persona que, por su propia longevidad, ilustra a la perfección sus teorías; un hombre de fabulosa edad… prolongada, sin duda, de forma científica. Me refiero, naturalmente, al doctor Fu Manchú. El habrá seguido su carrera con interés. Sabemos que está en París. Pero no hemos podido dar con él, a pesar de que la zona está erizada de detectives.
Gregory miró con detenimiento a aquel hombre. Un comisario retirado de Scotland Yard, ahora agente del Servicio Secreto Británico, Nayland Smith, no podía estar novelando.
- ¿Existe realmente el doctor Fu Manchú?- inquirió Gregory con incredulidad.
- Existe. De hecho es, al mismo tiempo, el científico más grande y el hombre más peligroso vivo. Usted ha debido escuchar su nombre en alguna ocasión.
- ¿Escuchar su nombre? ¡Desde luego! Pero pensé…
- Usted pensó que Fu Manchú era un mito. Otros han cometido el mismo error.
- Pero un hombre de apariencia tan inusual en esta país…
- Tiene una variedad de apariencias inusuales, Allen. Su aspecto no se corresponde con la popular idea que tenemos de los chinos. Podría hacerse pasar por un europeo con éxito. Habla varias lenguas con fluidez. Sus oblicuos ojos verdes y sus manos son, indudablemente, asiáticos. Pero suele llevar gafas tintadas y usa guantes.
- Para haber escapado de prisión y de tantas trampas, debe contar con un importante grupo de colaboradores.
Nayland Smith sonrió, pero la suya era una sonrisa triste.
- Esta al frente de una organización internacional formada por hombres y mujeres; científicos, políticos; tiene ojos por todas partes.
- ¿Pero qué tipo de personas pueden trabajar para él?
- De todo tipo. Tiene sus propios métodos para reclutar a sus asistentes y para que trabajen. Dígame, ¿dónde se dirigirá usted próximamente?
- A Londres. Estoy invitado a repetir mi conferencia en el King´s Collage. La subvención de la Universidad de Columbia no me permite grandes lujos, por lo que he reservado una habitación en un pequeño hotel del Strand.
- Déme su dirección. Nos veremos allí.
- Si estuviera en la ciudad, traiga con usted a nuestro mutuo amigo, el doctor Petrie. Me encantaría volverle a ver de nuevo. Debo decir que tampoco me importaría ver al Doctor Fu Manchú.
- ¡Espero que no se cumplan sus deseos!- replicó Nayland Smith.
El vapor que cruzaba al día siguiente el canal estaba abarrotado. En el momento en el que el barco se vaciaba en Calais, Gregory encontró un lugar tranquilo junto a la barandilla que daba a la parte del puerto, bien situado. Había muchas cosas sobre las que quería meditar tranquilamente, pero la sombra del doctor Fu Manchú volvió a su mente. Se encontró a sí mismo escrutando a los pasajeros, por ver si encontraba a alguno que usara gafas oscuras y guantes.
No había visto a nadie. Pero sí había visto a una joven muy bonita que subía a bordo sola, y que llevaba un gran portafolio de artista. Le había parecido que se le había quedado mirando.
En el instante en el que ella pasaba junto a él, el barco chocó ligeramente contra el puerto y tropezó con Gregory, cayendo el portafolio en los imbornales.
El se agarró a la barandilla y cogió el portafolio. Ella era mucho más bonita de lo que le había parecido en un primer momento, cuando la vio subir por la pasarela.
La nave se giró hacia estribor y él la sostuvo, sujetándole por su bello hombro, para que no cayera.
- Lo siento.- dijo él con cierta torpeza.- ¿se encuentra usted mal?
El delicado rubor que asomó a las mejillas de ella constató lo absurdo de la pregunta.
- ¡Oh, no!- aseguró ella.- La sacudida repentina me ha hecho perder el equilibrio.
Tenía un hermoso acento.
- Creo que me siento un poco ridícula.- siguió ella con una sonrisa.- Se lo agradezco mucho.
- No hay de qué. ¿Viaja usted sola?
- Sí, voy a ver a unos amigos a Londres.
Con cierta renuencia, Gregory retiró la mano de su hombro. Ella le miraba desde unos bellos ojos azules, que tenían la extraña cualidad de proyectar un melancólico fulgor cuando sus labios se extendían en una sonrisa, que él encontró arrebatadora.
- Tengo una magnífica receta para cuando uno se siente torpe.- dijo él en francés, tomando el portafolio que sujetaba ella bajo su brazo.- Como camarada artista, le ruego, acepte mi compañía.
Ella dudó. Sus ojos azules le escrutaron durante unos instantes. Después asintió, y ambos caminaron juntos por la cubierta. El oleaje crecía por momentos. Poco después, se sentaban el uno frente al otro ante una mesa, en el desierto comedor de abordo. Gregory pidió champán seco.
Acababa de saber su nombre: Mignon. Se ganaba la vida dibujando caricaturas para los semanarios franceses, y había expuesto dos obras de pintura en el Salon.
- Su tarjeta dice que es usted doctor. Nunca había oído hablar de un doctor en pintura.
Gregory rió, y le dijo que, durante sus dos años en la Sorbona, donde había concluido sus estudios, había dedicado tiempo a emprender ciertos estudios de arte. También había intentado inicialmente ganarse la vida como pintor.
- También soy un tipo educado en la Bohemia.
- Me consta que lo es.- y su rostro se oscureció con la sombra de la compasión.- ¿Por qué razón tuvo que cambiar de idea? ¿No cree que la ciencia va, a veces, demasiado lejos? La ciencia crea cosas horribles, mientras que las criaturas del arte son hermosas. Algo en usted queda de aquella época…
Ella le miró con un brillo de ansiedad en sus ojos.
- A menudo pensará en aquellos días que pasó en París, los días de la vida despreocupada de los estudiantes. Usted vivió en dos mundos diferentes. ¿Ha lamentado alguna vez haberlo dejado?
El observó los compasivos ojos azules que le miraban desde el otro lado de la gafas de Mignon, y se sintió desconcertado:
- A veces desearía…Gregory nunca supo como perdió de vista a la señorita Mignon, pero de alguna manera la perdió entre la multitud que se agolpaba en Dover. Fue de un lado a otro de la cubierta de la nave, pero no la vio en ninguna parte, hasta que, a lo lejos, pudo distinguir que un Jaguar salía de los muelles. Y Mignon iba en el asiento del acompañante.
Sacó así la conclusión de que la pintura en blanco y negro estaba mejor pagada que los estudios científicos, y, al tiempo, dio por terminado un sueño…
Llovía en el momento en el que el tren llegó a Londres. Desde su habitación del hotel, Gregory llamó al King´s Collage, pero no encontró a nadie con el que comentar las particularidades de su próxima conferencia. Ordenó que le subieran whisky a la habitación, y se preguntó cómo mataría el tiempo hasta que parara de llover.
También pensaba en si volvería ver a Mignon de nuevo. Sin duda, los amigos que había venido a visitar se movían en unos círculos económicos que poco o nada tenían que ver los de un pobre profesor. ¿Mignon? Ella no le había dicho otro nombre. Pero Mignon era un magnífico nombre para ella.
Sin duda, parecía salida del París bohemio que él tanto había amado. Gregory tomó un cuaderno de dibujo y un lápiz de mina blanda. Empezó a dibujar una figura. Su conocimiento de la anatomía humana le había ayudado mucho en las clases de modelos vivos, por lo que sus trazos eran vivaces y seguros, y embelleció los rasgos esbozados con reflejos de luces y sombras. Finalmente, levantó la imagen ante sus ojos y observó críticamente su obra… y vio que era un torpe, pero reconocible, boceto de Mignon.
Algo, sin embargo, no estaba bien. Había capturado perfectamente su apostura, las esbeltas líneas de su figura y la sonrisa de sus labios. Pero la mirada de sus ojos había sido imposible para su lápiz.
De alguna forma, mientras estaba abstraído, había subconscientemente percibido un sonido parecido a unos pasos apagados, pero los había ignorado. Sin embargo, en esos momentos, volvió a escuchar los pasos.
Eran sordos pero constantes. Había algo furtivo en aquellas pisadas ahogadas; algo casi fantasmal. En un primer momento, pensó que venían de la habitación superior… para después parecerle que procedían del pasillo que había al otro lado de la puerta… como si se tratara de una especie de patrulla fantasma. En el momento en el que le pareció que los pasos llegaban frente a la entrada, corrió y la abrió de un rápido tirón,… pero no había nadie.
Gregory echó un vistazo por la ventana. Estaba nervioso y creyó que un paseo le despejaría. La lluvia había cesado.
No se encontraba de muy buen humor, se sentía infeliz. Había tenido éxito en su profesión, se había ganado el respeto de científicos mayores que él y cuyo talento reverenciaba. Sus logros le habían ganado una gran reputación. Sin embargo, aquella noche, deseó fervientemente haber elegido la profesión de pintor; deseaba escapar de su condición aceptada y volver a su naturaleza verdadera. Era joven aún, y había todo un mundo más allá del de la ciencia; un mundo en el que había un lugar para el romance y la belleza.
En el vestíbulo se detuvo para encender un cigarrillo. Le invadió una hola de desprecio hacia sí mismo. ¿Cómo había podido él, un científico experimentado, dejarse llevar por las emanaciones del mito romántico y del amor a primera vista? Dejó un mensaje en el mostrador en el que informaba que volvería en media hora, y dirigió sus pasos hacia la puerta de la calle. Fue acogido por un destello de luz que trocó la espesa oscuridad de la noche en una especie de mañana de luz azulada. Poco después, se oyó una descarga de truenos tan estremecedora que parecía el heraldo del fin del mundo. Profetizaba una fuerte tormenta.
Gregory se retiró a los soportales. A derecha e izquierda, la calle estaba desierta, hasta que vio una figura que corría bajo la lluvia. Una muchacha, al parecer, sorprendida por la tormenta.
Ella se apresuró bajo la protección del soportal, y Gregory se encontró mirando el maravilloso rostro, empapado por la lluvia, y los profundos ojos azules de Mignon.
Estuvieron unos instantes observando la lluvia y, luego, fueron a la pequeña habitación de Gregory.
Ella se sentó en la única silla confortable que había en la sala de estar. La expresión de sus ojos era extremadamente trágica, pero forzó una sonrisa.
- Es una tormenta de relámpagos. Me asusta mucho.
Gregory se sentó sobre un cojín, sin dejar de mirarla. La luminaria de otra descarga eléctrica traspasó las cortinas de la ventana, y rompió en el bramido de otro trueno. Mignon intentó controlar sus temblores. Gregory tomó una de sus manos para tranquilizarla:
- No puedo imaginar qué puede hacer usted en la calle en una noche como esta, Mignon.
- Vine a verle. En Dover usted desapareció. ¡No se qué ha pasado!
- ¡Mignon!
En el repentino silencio que siguió al trueno, Gregory volvió a escuchar los pasos.
Pero su procedimiento había cambiado. A intervalos regulares los pasos se paraban y se escuchaban tres ligeros golpes. Ahora, a medida que percibía que su poder sobre Mignon crecía, la observó más detenidamente. Y, antes de que ella pudiera bajar las pestañas, captó una expresión de compasión que le atemorizó.
- Mignon, no hay peligro,- dijo.- La tormenta está pasando. Ha sido maravilloso que vinieras aquí.
Pero él sabía que, cualquier cosa que fuera, no era a la tormenta lo que temía Mignon. Ella abrió los ojos y le apretaba fuertemente la mano.
- Soy una tonta, Gregory. Intenta perdonarme. ¿Por qué…? ¡Oh! ¿Por qué no fuiste pintor?
Sus gestos, sus inconexas frases, denunciaban una tensión nerviosa en ella, para la que él no sabía dar explicación.
- Escucha, Mignon. Estate tranquila. Permíteme ofrecerte un cigarrillo y algo de beber, y podremos hablar tranquilamente.
- ¡No! ¡No!.- gritó estrechando la mano de él.- No quiero beber… todavía. Quiero hablarte,… sí. Pero es difícil de decir.
- ¿Qué quieres decirme? ¿Qué no nos volveremos a ver?
Sabía que sus palabras no hacían sino expresar sus temores secretos, pero no le importaba; pues sabía ahora que Mignon no era indiferente con respecto a él, y no le importaba escuchar la verdad.
- No.- susurró ella.
Tres golpecillos apagados sonaron suavemente.
Gregory estaba a punto de preguntarle a Mignon si había escuchado los ruidos, cuando el nuevo destello de un relámpago volvió a deslumbrarle, y el estampido de un trueno le llenó de confusión. Ella cerró los ojos.
- Vayamos abajo, y tomemos una copa en el bar. Esta habitación es sofocante.
Le ayudó a ella a levantarse, y juntos se dirigieron hacia la puerta. En ese instante, volvieron a oírse los tres golpes apagados.
A Gregory le pareció como si Mignon quedara paralizada de forma repentina. Parecía que una mano invisible le retenía.
- ¡Oh, Gregory! Me siento tan tonta… creo que tomaré esa copa, después de todo.
Era indudable que la necesitaba, por la forma en la que se volvió a la silla y se sentó en ella. Gregory sirvió dos copas, observó el pálido rostro de Mignon, y fue al baño para buscar agua.
Cuando salió, vio que Mignon se había recuperado un poco y estaba mirando el boceto que él había realizado. Bebió un trago de su vaso, y volvió a contemplar el boceto.
- ¿Es muy malo?- preguntó él.
Ella no se volvió hacia él, cuando respondió:
- No, es muy bueno. Es muy bonito, por su parte.
Mignon alzó los ojos hacia él, que apenas tuvo tiempo de ver que estaban empañados en lágrimas, antes de que sonara el teléfono. Sonó una vez, y otra. El levantó el auricular.
- ¿Gregory Allen?- escuchó que inquiría una voz familiar al otro lado del receptor.
- Soy yo, Sir Denis. - quien llamaba era Nayland Smith.
- Bien, escuche. Acabo de llegar. Le he seguido en avión. Esto es urgente: No deje su habitación bajo ninguna circunstancia hasta que yo llegue. Y no permita que entre nadie.
Gregory colgó y se volvió hacia Mignon… La veía a través de una espesa niebla. El se tambaleó hacia la cama, y de su mano se derramó el resto del brandy. ¿Qué palabra había utilizado Mignon? ¡Tonta!. Sí, así era como se sentía él ahora.Volvió en sí. Su mente comenzó a divagar. Intentó llamar a Mignon para explicarle que… pero no salía voz alguna de su garganta. Intentó levantarse. Pero no se podía mover. Podía oír la voz de Mignon… a una gran distancia.
Con una mano, ella sujetaba su cabeza. Sus dedos se enredaban en sus cabellos. Con algo estaba humedeciendo sus mejillas. El miró hacia arriba y vio los ojos de ella. Mignon estaba llorando. El intentó consolarla, intentó tranquilizarla. Pero no podía hablar, no podía mover un músculo.
- Debe intentar perdonarme.- susurraba ella.- Intente entenderlo. Un día, lo comprenderá. Cuánto lo siento…
Ella se fue. No la vio marchar, pues no podía volver su cabeza. Todo lo que estaba en su ángulo de visión era el cielo de la habitación y parte de la pared. Su cerebro se empezaba a despejar; pero su corazón estaba dolorido… pues, ahora, era consciente de la verdad. Había drogado su bebida, y percibió que aquellos misteriosos pasos se acercaban ahora a él.
Le pareció que entraba un grupo de personas. Reconoció la voz del gerente del hotel.
- Ha sido una suerte que estuviera usted en el hotel, doctor Gottfeld.
Un hombre se inclinó sobre Gregory; se trataba de un hombre alto. Llevaba guantes negros de seda y gafas oscuras. De forma delicada, con el índice y el pulgar, el hombre levantó los párpados de Gregory. Después se quitó las gafas y le miró a los ojos con sus profundos y brillantes ojos verdes. Y Gregory supo que estaba cara a cara con el doctor Fu Manchú.
- Ha habido suerte.- aquellas palabras las pronunció con un gutural acento alemán.- Veo por las etiquetas de sus maletas que ha estado recientemente en el bajo Egipto. Hubo allí, hace un par de semanas, una pequeña erupción de plaga. No hay que alarmarse. No corre peligro grave… todavía. Pero hay que actuar con rapidez.
Consciente… viendo y escuchando… pero incapaz de hablar o de hacer el menor movimiento… Gregory oyó al hombre que llamaban doctor Gottfeld decir que, él mismo, llevaría al paciente en su propio coche, al Hospital de Londres para Enfermedades Tropicales.
- Allí me conocen muy bien.- dijo.
Mentalmente despierto, pero indefenso como un cadáver, Gregory escuchó como la voz alemana daba directrices específicas sobre como actuar en la referente al apartamento, indicando la destrucción de todo lo que contenía, y la fumigación de todas las habitaciones. Conociendo los síntomas de cualquier variedad de plaga, pudo apreciar que aquel hombre era un verdadero mentiroso.
¿Por qué había sido drogado por Mignon? ¿Estaba ella bajo la influencia de Fu Manchú? Pensó acerca de la droga utilizada. Su composición le era absolutamente desconocida, pero supuso que se trataría de algún tipo de soporífero. De pronto, escuchó un acelerado éxodo.
Fu Manchú se inclinó sobre él y volvió a desprenderse de las gafas oscuras. Gregory sabía que aquellos ojos hipnóticos intentaban captar su atención.
- He estudiado su carrera con interés.- aquellas palabras eran pronunciadas en un perfecto y curiosamente preciso inglés.- Recientemente, perdí a mi asesor en el campo que es objeto de sus estudios, doctor Allen. Usted me es absolutamente indispensable en mi intento por alargar mi existencia… de forma indefinida. El servicio que pueda prestarme no será ingrato. Le recompensaré con largueza.
Estaba cargando una jeringa hipodérmica, cuando se escuchó un leve zumbido.
Algunas palabras apresuradas indicaron que el Doctor Fu Manchú llevaba algún tipo de sistema de radio con el que se comunicaba con sus asociados. Cuando el científico chino se inclinó sobre él una vez más, supo que el mensaje que había recibido era una advertencia. Aquellos ojos verdes brillaron de frustración.
- Su muerte no me es de utilidad. Me conviene más que viva. Le deseo buenas noches, doctor Allen. Por favor, le ruego presente mis respetos a Sir Denis Nayland Smith.
Y Gregory se quedó sólo en la habitación.
Luchó por aguantar en aquel irreal estado de consciencia en el que habíase encontrado hasta ahora, pero se dio cuenta de que su agotado cerebro no podía soportar aquel esfuerzo. El sueño le venció, finalmente.Como llegada de lo profundo de una alucinación, escuchó la voz de Nayland Smith:
- ¿Qué es Petrie? ¿Llegamos tarde?
- Muy sencillo. Es una droga paralizante. Estaba en el vaso… en éste, en concreto.
- Se lo aseguro, caballeros.- se escuchó entonces la voz del gerente, cuyo tono crecía con el miedo hasta entonar en falsete.- ¡se trata de una plaga!
- ¡Maldita la plaga!- masculló Petrie.- ¡Ha sido drogado! No sé qué puede ser. Pero supongo que se trata de algún tipo de hioscina.
Gregory se regocijó en silencio.
- Hay que aplicar un fuerte antídoto. Smith, fue una verdadera suerte que saliera del hospital maletín en mano, cuando iba a encontrarme con usted.
Gregory tuvo un atisbo de la grave expresión del rostro de Petrie, cuando éste se inclino sobre él, y supo que el doctor le había administrado una inyección.
La recuperación fue lenta y sintió náuseas, pero, finalmente, recuperó el control de sus músculos así como de su cerebro. Se sentó, y miró a su alrededor.
El doctor Petrie le observaba con profesional ademán.
- ¡Gracias, doctor! - Gregory le estrechó la mano.- Estoy de acuerdo con usted en que se trataba de hioscina. Pero creo que conozco los demás ingredientes.
Nayland Smith estaba observando el bosquejo del retrato de Mignon. Levantó la vista cuando oyó la voz de Gregory.
- Hola, Allen. Esta debe ser la dama que informó al personal del hotel que usted estaba muy enfermo y que luego desapareció. Me dieron su descripción.
Gregory asintió.
- Le advertí de que el doctor Fu Manchú tenía ojos en todas partes. Ahora sabe usted cuán fascinantes pueden ser esos ojos. Sus hombres le advirtieron de alguna forma que, una vez más, estaba pisando sus talones, y… una vez más, se me ha escapado.
Nayland Smith colocó el retrato de Mignon en el lugar en el que se encontraba, y se volvió hacia Gregory. Había simpatía en sus ojos grises.
- No la condene por ello.- dijo.- Ella está bajo su influencia, como usted lo hubiera estado si no es por un acto de la Providencia.- su voz se endureció.- Pero no debe volver a verla de nuevo, bajo ninguna circunstancia.Durante los siguientes días, Gregory Allen vagó por las calles de Londres, movido por la ridícula esperanza de que, en algún sitio, entre la multitud que abarrotaba el Strand y Piccadilly vería la castaña melena y el bonito rostro de Mignon. Su cerebro de científico le decía que Nayland Smith estaba en lo correcto cuando le advirtió que no debía volver a verla de nuevo. Pero, contra toda razón, sentía la perentoria necesidad de encontrar a la muchacha, liberarla de la influencia del doctor Fu Manchú, y llevarla con él a New York.
En algunas ocasiones, en sus paseos sin rumbo, tenía la sensación de ser seguido por alguien, pero no pudo nunca saber si por alguno de los servidores de Fu Manchú o por un agente de Scotland Yard, asignado para su protección. Tampoco sabía dónde podría encontrar a Mignon, ni el apellido de ésta.
Finalmente, apenas esperanzado, escribió a París a la revista semanal en la que regularmente dibujaba sus ilustraciones. No tardó en llegar una respuesta. La revista no daba las direcciones de sus colaboradores, pero se preocuparían de que Mignon recibiera el mensaje.
La carta hizo renacer la confianza. Cuando, dos noches después, volvió al hotel, encontró un sobre blanco con su dirección que decía: “Exposición de arte francés en la Tate Gallery. Por favor, vaya allí a las cinco y media de esta tarde. Espere cerca de los cuadros de Gauguin, pero cuando yo llegue no haga signo alguno de reconocerme. Destruya esta nota. Mignon”
Gregory se acercó a la Tate Gallery al anochecer. Se dijo a sí mismo que, una vez más, estaba jugando con fuego; pero no podía obviar el hecho de que estaba locamente enamorado de aquella muchacha.
El edificio estaba prácticamente vacío. Casi era la hora de cerrar. Encontró el lugar de encuentro y decidió esperar en el extremo más alejado de la sala. Intentó aparentar gran interés en los bocetos y los dibujos al carboncillo.
Llegaron algunos visitantes. A cada paso que oía, Gregory se volvía. Un hombre de facciones taciturnas y oscuras, y cubierto con una gabardina blanca, se paseó en un par de ocasiones por la estancia. Gregory creyó que sería el detective de la galería. Miró ansiosamente el reloj. Mignon todavía no había llegado.
Empezaba a inquietarse sobremanera, cuando escuchó unos ligeros pasos y vio que una chica entraba en la galería. Vestía una capa escarlata, su cabello pajizo estaba escondido bajo una boina.
Era Mignon. Pero no hizo gesto alguno de reconocerle.
El hombre de tez oscura volvió a entrar en la sala, observó el lugar durante unos instantes y salió por otra puerta. Mignon, un momento después, salió también. Gregory le siguió. Pasó a través de varias salas y, por fin, se detuvo en una sala vacía dedicada a los dibujantes franceses.
- ¡Mignon!- exclamó él, sujetándola por los hombros.- ¡Qué maravilloso!
Ella volvió el rostro hacia un lado:
- También deseaba verte, Gregory, pero debes estar loco. Debieras odiarme. Solo te he hecho daño.
- Estoy loco, Mignon… ¡loco por ti! Lo entiendo todo. Nayland Smith me lo explicó. No tienes nada que reprocharte.
En esta ocasión, ella le miró a los ojos, tímidamente, furtivamente:
- No debieras haber venido. Tampoco yo. Tuviste una pequeña oportunidad de escapar a las garras de Fu Manchú. ¿Por qué quieres correr nuevos riesgos? Debes olvidarme… olvidar que nos conocimos.
- No puedo olvidarte. - dijo.- y no quiero intentarlo salvo que me digas, aquí y ahora, que no tengo derecho a pensar en ti.
- No hay nadie más, si eso lo que quieres decir.- susurró ella.- Piensa en mí, Gregory, como alguien inaccesible, como una esclava.
El la sujetó contra sí:
- No hay esclavos.- dijo con una profunda tensión en la voz.- Ven conmigo… ahora. Volvamos a América. Nayland Smith tiene el apoyo del gobierno. Te salvaré de Fu Manchú.
- No sabes cuánto lo desearía, Gregory, pero es mi padre el que se encuentra bajo el poder del doctor Fu Manchú, y a quien debo proteger.- ella le miró a los ojos.- Cada minuto que pasas conmigo corres un mayor riesgo, mi padre corre un mayor peligro… y yo también.
El inclinó su rostro sobre sus labios. Mignon interpuso su mano entre los dos. Tenía un brillo feroz en su mirada:
- Si en algo valoras mi vida, querido Gregory, por favor, déjame marchar. Quiero decir que no me busques, no me sigas.
Ella se deslizó de entre sus brazos. El no se atrevió a ignorar la fatalidad de su petición. Pero cuando escuchó sus ligeros pasos alejarse por la siguiente sala hasta la puerta de la galería, él la siguió.
Mignon había desaparecido.
Tres minutos después Gregory estaba en el Embarcadero frente a la galería, y miraba a izquierda y derecha. La oscuridad se había extendido, y los muelles del otro lado del Támesis estaban velados por la niebla. Entonces, en la dirección del Millbank, bajo la luz de una farola, tuvo el atisbo de una capa roja.
En el instante en el que la iba a seguir, otra figura pasó bajo la luz de la farola inmediatamente tras de Mignon… Una silueta envuelta en una gabardina blanca.
Gregory se apresuró. Seguían a Mignon. Pero si podía encontrar el lugar al cual se dirigía ella, Nayland Smith podría hacer el resto. Gregory estaba determinado a liberar a Mignon de las zarpas de Fu Manchú, aunque para ello tuviera que raptarla.
La capa desapareció tras una esquina, no lejos de la Galería. La gabardina blanca iba pegada a ella, y también se desvaneció.
Gregory giró por aquel recodo. Llegó justo a tiempo para ver a Mignon adentrarse en una de aquellas angostas callejuelas que abundan en aquel distrito. El hombre de la gabardina blanca no iba demasiado lejos. El continuó tras ellos.Gregory enfiló la calle por donde ella había doblado. No vio signo alguno de la capa escarlata. A la entrada, la calle era bastante oscura, pero se veían las luces de las ventanas en lo alto. Se detuvo por si podía escuchar el sonido de alguna puerta que se abriera o cerrara. Pero no oyó nada… Entonces, continuó caminando con cautela.
Ningún sonido le advirtió del peligro que corría. No sintió ningún golpe. Simplemente un dolor agudo… y no recordó nada más…
Salvo por un ligero dolor de cabeza, no sentía incomodidad alguna cuando despertó. Miró a su alrededor y volvió a cerrar los ojos. ¡Debía ser un sueño!
Yacía en un diván, en el interior de una habitación de corte oriental. Las paredes estaban decoradas con maravillosos paneles lacados. El techo estaba cubierto por tapicería de seda, ornamentada de intrincados diseños, entre los que se deslizaban dragones dorados. Toda la decoración era china. Las alfombras cubrían cada centímetro de suelo. Había un ligero olor en la estancia que parecía de incienso viejo. Junto a un escritorio grande y sinuosamente decorado que había frente al diván, había un hombre sentado que escribía. Vestía una túnica amarilla y un gorro negro, coronado con un adorno de coral.
El rostro de aquel hombre poseía una especie de belleza satánica. Sus maneras eran las de un aristócrata, las de un caballero intelectual. E irradiaba de su figura un aura de seguridad y poder.
Era el doctor Fu Manchú.
- Buenas noches, doctor Allen.- dijo sin levantar la vista.- Es un placer tenerle como invitado. Preveo una larga y mutuamente satisfactoria colaboración.
Gregory dejó caer las piernas del diván. Fu Manchú no se movió.
- Le recomiendo que no recurra a la violencia absurda. Aun cuando tuviera éxito, moriría estrangulado treinta segundos después.
Gregory quedó sentado pero erguido, con los puños apretados, fascinado por lo que veían sus ojos.
- A todos los efectos, doctor Allen, se encuentra usted en China… aunque esta habitación que tiene marcadas cualidades, fue diseñada por un magnífico artista japonés; no debe usted caer en el error de que mi organización es de carácter puramente chino. Le puedo asegurar que entre los acólitos de la Orden del Si-Fan, de la que soy Presidente, hay hombres de todas las razas que me sirvan con verdadero entusiasmo.
Tal afirmación la realizó Fu Manchú sin levantar la vista sobre el volumen in folio sobre el que escribía anotaciones al margen. Gregory permaneció sentado, expectante, aguardando.
- Por ejemplo,- continuó la extraña voz.- esta habitación está insonorizada. Era un estudio. De hecho, los siete paneles lacados son siete puertas. Utilizo el lugar como un pied-á-terre cuando mis negocios me obligan a permanecer en Londres. Soy una persona muy buscada, Doctor Allen, especialmente por lo oficiales de Scotland Yard, y este apartamento me es de gran utilidad. ¿Quiere tomar el te conmigo?
- No, gracias.
- Como desee. Sus magníficos descubrimientos en el campo de la extensión del vigor vital hacen que usted sea de gran valor para mí. Yo no puedo prolongar mi juventud, estimado doctor, pero su inesperada visita a este lugar me inspira la confianza de que podré asegurarme sus servicios. Quisiera que éste fuera el comienzo de una hermosa amistad.
El doctor Fu Manchú depositó la pluma a su lado, y, por primera vez, alzó la vista. Gregory quedó subyugado por los ojos más extraños que nunca viera en un hombre. Eran alargados y estrechos, ligeramente oblicuos, y emitían verdosos destellos. Su firme mirada parecía tener el poder de apoderarse de su voluntad, por lo que Gregory apartó la suya.
- Cuando usted siguió a un miembro de mi personal, doctor Allen, a quien usted conoce por Mignon, fui informado de tal circunstancia… exactamente cuando usted salía de la Tate Gallery,… y tomé las medidas pertinentes. Un experto en judo esperó su llegada y le abatió mediante la simple presión sobre cierto nervio, que, sin duda, como médico, usted reconocerá. Soy consciente de que Mignon quiso encontrarse con usted en secreto. En estos momentos ella espera su castigo. Todo depende de usted.
Gregory sintió un incómodo dolor en el estómago. Comprendía lo que se esperaba de él, y se preguntaba como afrontaría la prueba que le aguardaba. Guardó silencio.
- Hay un teléfono en esa pequeña mesa que está junto a usted.- le dijo Fu Manchú con agradable voz.- Sea tan amable de llamar a Sir Denis Nayland Smith. Dígale que usted ha sufrido un accidente en el Embarcadero de Chelsea, y que ahora se encuentra en la casa de un médico de la vecindad, que pasaba por allí en esos momentos. Este apartamento está alquilado por un tal Doctor Stainer; su placa está fuera. Su consulta está pegada a esta habitación. Una de las siete puertas da a la estancia. La dirección en Ruskin Mews. Pídale a Sir Denis que venga con su coche, para recogerle, esta misma noche.
Gregory se puso en pie:
- Me niego a ello.
Las puertas lacadas que se hallaban a izquierda y derecha se abrieron silenciosamente, como si su acción les hubiera valido de resorte. Aparecieron dos tipos de rasgos asiáticos, complexión gruesa y de corta estatura. Llevaban cuchillos. Estaban en sus manos, preparados para ser lanzados al menor movimiento. Le miraron y esperaron.
- Deploro estos métodos bárbaros, doctor Allen. En mi sede principal dispongo de medios más sutiles.
- ¡Váyase al infierno con sus medios! Máteme, si quiere, pero no podrá hacerme obedecer sus órdenes.
Fu Manchú suspiró. Un dedo largo y amarillo se deslizó bajo el escritorio, y se abrió una tercera puerta que estaba frente a Gregory. Mignon entró. Otro miembro de la banda que, sin duda, tenía la función de vigilarla, la sujetaba por la muñeca. En la otra mano, el hombre llevaba un látigo.
La capa y la boina escarlatas habían desaparecido. Mignon vestía una falda negra y una blusa blanca. Su cabello rojizo destacaba sobre su pálido rostro. A sus ojos asomó un ademán de súplica, pero luego bajó la cabeza.
- ¡No se atreva a hacerlo!- rugió Gregory, loco de furia.- ¡Debe creer usted aún que se encuentra en China, pero si lleva cabo este ultraje verá que se encuentra en Inglaterra! Despertaremos a toda la vecindad.
Sintió como la punta de un cuchillo se apoyaba en su cuello. Uno de los dos hombres que le vigilaban se había aproximado a él. Fu Manchú sacudió la cabeza.
- Se olvida, doctor Allen, que esta habitación está construida a prueba de ruidos. Lo más prudente es que llame usted a Sir Denis. He sido informado de que en estos momentos se encuentra en su casa, y Whitehall Court, donde tiene su residencia en la actualidad, no se encuentra muy lejos. Si embargo, tiene la intención de salir a cenar muy pronto, por lo que no andamos sobrados de tiempo. Creo que encontrará su número escrito junto al aparato de teléfono.
Gregory lanzó una última mirada a la habitación y levantó el auricular. Marcó el número. Un asistente de Nayland Smith respondió al otro lado de la línea, y no tardó en ponerse éste al aparato.
- Aquí Smith. ¿Qué ocurre, Allen?- inquirió con voz irritada.
Las palabras se agolparon confusas en su cerebro, pero Gregory dio finalmente el mensaje que le había indicado el doctor Fu Manchú. A medida que hablaba, sus ojos estaban fijos en la figura de Mignon, y sabía que nunca se arriesgaría a insinuar una advertencia a través del teléfono.
- De acuerdo. Mala suerte. Estoy con usted en diez minutos.- y Nayland Smith colgó.
Fu Manchú lanzó una orden gutural. Los cuchillos desaparecieron, los guardas de Gregory se retiraron, Mignon fue conducida fuera de la habitación sin que le dirigiera a él un atisbo. Las puertas se cerraron. Se encontró de nuevo a solas con el doctor Fu Manchú. Se dejó caer en el diván.
Había hecho algo que sabía se reprocharía hasta el último de sus días. Para salvar a una mujer que apenas había significado nada realmente en su vida, había traicionado a un viejo y querido amigo, y le había puesto en las manos de su más cruel e implacable enemigo.
Fu Manchú volvió a reiniciar su escritura. Hablaba sin levantar la cabeza.
- Era inevitable que hiciera lo que ha llevado a cabo, Doctor Allen, por lo que le ruego que no se reproche nada. Esa curiosa superstición referida a la supuesta santidad de todas las mujeres, y que forma parte de su herencia americana, no le dejó otra alternativa. Transferiré a Mignon a otro puesto, en el que, estoy seguro, usted no podrá estorbar de nuevo su habitual eficiencia.
Gregory estaba a punto de llegar a su punto de ebullición, pero sabía que no podía disponer de ayuda alguna para acabar con aquel diablo. Hubiera sido feliz si hubiera podido matar a Fu Manchú con sus propias y desnudas manos, a pesar de las consecuencias. Pero sabía que no había esperanza alguna de llegar hasta él.
Nayland Smith corría hacia una trampa. En cuestión de minutos, estaría allí.
El curioso y delicado sonido de una campana rompió el silencio de la habitación.
El Doctor Fu Manchú se puso en pie, colocó el volumen en el que había estado escribiendo bajo su brazo, y salió de la estancia.En el instante en el que la puerta se cerró tras del doctor chino, Gregory, sin importarle el riesgo, se lanzó hacia el teléfono y marcó el número de Nayland Smith.
No hubo respuesta al otro lado de la linea.
Pero nadie le había molestado; ninguna de las puertas se había abierto. Se dirigió a una de ellas al azar, pero se encontró con que no podía abrirla. Intentó forzar frenéticamente la siguiente puerta. No había quien la moviera. Retrocedió unos pasos y se lanzó con fuerza hacia adelante, golpeando con el hombro la puerta lacada. No ocurrió nada.
Repentinamente, el silencio fue roto por un ligero crujido. La puerta por la que había salido el doctor Fu Manchú se abrió, y el hombre de tez oscura y gabardina blanca apareció bajó el umbral.
Gregory se creyó perdido, cuando el hombre se volvió y gritó por encima de su hombro:
- ¡Por aquí, señor! ¡Está aquí!
El hombre entró en la habitación.
- Me complace verle vivo, doctor.
Nayland Smith apareció tras de él.
- Hemos llegado a tiempo, Allen. - le aseguró Nayland Smith.- El sargento Readly- y señaló con un gesto de la cabeza al hombre de la gabardina blanca.- ha sido su sombra durante casi una semana. Como puede ver, suponíamos que intentaría entrar de nuevo en contacto con la muchacha pelirroja, y sus órdenes eran que, si usted lo lograba, le vigilara a ella, una vez ésta se hubiera separado de usted. Todo ocurrió esta noche, y el hombre no sabía dónde se encontraba usted. Sin embargo, me informó que Mignon había ido a Ruskin Street.
Gregory forzó una sonrisa.
- Gracias, sargento.- dijo.
- El mapa criminal de Scotland Yard tiene un círculo rojo trazado en torno a este área.- explicaba Nayland Smith.- Sospechábamos que Fu Manchú tenía una base en este lugar. El artista japonés que lo reconstruyó desapareció hace seis meses, y un tal Doctor Gottfeld lo adquirió, aunque en la placa está escrito el nombre del doctor Steiner.
- ¡Claro!- exclamó Gregory.- Gottfeld fue el nombre con el que llamó el gerente del hotel a Fu Manchú, cuando éste entró en mi habitación. ¿Le han capturado?
Nayland Smith negó con la cabeza.
- Me temo que ha utilizado uno de sus trucos para desaparecer. El grupo que traje conmigo le está buscando en estos momentos. Pero mi experiencia me dice que Fu Manchú ha huido a una de sus guaridas en Limehouse.
Hizo una seña al sargento, que salió y trajo consigo a un hombre de en torno a los cincuenta años, cuyos ojos tenían la peculiar mirada de quien se ha encontrado bajo los poderes hipnóticos de Fu Manchú.
- Sin embargo, hemos conseguido liberar a un hombre que nos puede dar mucha información acerca de las últimas operaciones de Fu Manchú. Doctor Allen, le presento al Doctor Gaston Breon. Además de ser uno de los más famosos entomólogos del mundo, es el padre de Mignon.
- ¡Gracias a Dios, le ha salvado usted!- exclamó Gregory al tiempo que estrechaba la mano del científico.- Pero Smith, ¿han rescatado también a Mignon?
Nayland Smith puso una mano sobre el hombro de Gregory.
- La alcanzamos cuando se encontraba retenida por dos hombres de Fu Manchú, que intentaban forzarla a embarcar en una lancha motora. La he llevado a mi casa.- al ver la expresión de agradecimiento de Gregory, apareció en el rostro de Nayland Smith aquella ladina sonrisa infantil que le caracterizaba.- Ahora, ella es responsabilidad de usted.
Diez minutos después, Gregory accedía a la gran biblioteca de la casa de Nayland Smith. Mignon saltó de la silla donde estaba sentada junto a la ventana, y fue hacia él con expresión en sus ojos de un de terror incontrolado.
- ¡Gregory! ¡Debe usted decirles que me dejen marchar!- gritó.- Fu Manchú matará a mi padre si yo no vuelvo con él.
Mignon observó confundida a Gregory.
- ¿Por qué sonríe?
Pero Gregory, en silencio, se volvió hacia la puerta de la estancia y Mignon siguió su gestó con la mirada. Un suspiro de felicidad salió de su pecho cuando corrió a los brazos de su padre.
- Mi niña… mi niña.- susurró el doctor Breon, acariciándola torpemente.- La oscuridad ha acabado, Mignon.
- ¡Oh! Qué te han hecho en estos dos años, padre mío.- susurró ella.
Gregory cruzó la habitación hasta donde se encontraba Mignon y, situándose a su lado, le rodeó los hombros con su brazo.
- Estará perfectamente en poco tiempo.- prometió.- Le daremos todo aquello que pueda necesitar para recuperarse.
Mignon se volvió a mirarle y dejaron de brotar lágrimas de sus ojos. La pesadumbre que apagaba el fulgor de su mirada, y que él recordaba de su primer encuentro, había desaparecido también. En su lugar, había un destello que danzaba a la luz de las lámparas, y que susurraba una silenciosa invitación.
- Creo que ya no es peligroso amarme, Gregory.- dijo.
El la estrechó entre sus brazos.Fin
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