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Cuestiones gramaticales (David Lagmanovich)

            
           
I. A propósito de la puntuación

           Se necesita el talento de Theodor W. Adorno para decir cosas originales y amenas sobre la puntuación. El teórico alemán trata el tema en sus Notas de literatura, libro del que tenemos traducción española desde 1966; pero de su lectura surge lo que uno aprende mediante la simple observación de textos en otras lenguas, a saber, que la puntuación tiene mucho que ver con el idioma de que se trate. Es preferible, pues, hablar de la puntuación en nuestro idioma como si ningún otro existiera, como algo del todo independiente.

            Encuadre teórico

            Todo lo que hay que decir para un encuadre teórico del problema de la puntuación cabe en tres proposiciones, que a continuación enumero.

            1) La puntuación es indispensable para lograr claridad en la escritura en prosa (el verso, en todo caso, tiene otros recursos para alcanzar o no esa claridad, según sean las intenciones del poeta).
            2) El sistema que la lengua ha creado a lo largo de los siglos (ya que es un producto históricamente condicionado) consta de un conjunto finito de signos; los caracteres de que consta ese conjunto, usados óptimamente, darían por resultado una prosa de máxima transparencia o explicitez.
            3) En la experiencia cotidiana de la escritura o de la corrección de originales, los signos provistos por el sistema (una decena) ofrecen, a quien los usa, un grado variable de dificultad.

            A esto agregaría una observación elemental, a saber, que quienes afirman que “mi puntuación es terrible” o “no escribo bien porque no sé puntuar” no están haciendo otra cosa que manifestar las consecuencias de un mal aprendizaje. Puntuar mal no es una de esas condiciones congénitas que se deben soportar toda la vida, como el daltonismo. Al contrario, es tan corregible como los malos hábitos en el tenis o en la alimentación. Y como en esos casos, lo primero que hay que hacer para corregir lo que está mal es identificar correctamente el problema.
            La tercera de las proposiciones consignadas más arriba apunta a un principio de solución posible: la división del territorio problemático, distinguiendo en el mismo sectores caracterizados por distintos grados de dificultad.

            Eliminación

            Estas líneas no son un tratado de puntuación en español: buscan sólo identificar los casos críticos. Para eso, se puede comenzar por un procedimiento de eliminación.
            A menos que una persona no haya terminado de aprender a leer y escribir, no tendrá dificultades con el uso del punto; ni con los signos de admiración e interrogación, si se le recuerda que en nuestra lengua se abren y se cierran; ni con las comillas, que sólo los muy ignorantes creen posible usar para dar énfasis, y los demás usamos como signo de que lo que encierran es una cita textual. Los paréntesis (que separan algo de esta manera) y las rayas usadas como signo doble —que lo hacen de esta otra— tampoco son problemas demasiado serios. (Pongamos como nota marginal que en español no existe la raya como signo único, que sí se usa en inglés). En cuanto a los puntos suspensivos, lo mejor que puede hacerse con ellos, si no eliminarlos, es otorgarles una prolongada licencia: al no escribir ya poemas románticos o modernistas (y en todo caso estas notas se refieren a la prosa) casi nos hemos quedado sin tarea para ellos en la mayoría de las situaciones corrientes.
   
         Lo indicado puede revisarse, modificarse y perfeccionarse. Si queremos buscarle cinco pies al gato, todas las afirmaciones que he hecho son discutibles. Pero estas líneas no intentan englobar todos los casos posibles, sino sólo servir de ensayo orientador. Además, el buen sentido pide distinguir lo grave de lo serio, y esto de lo menos importante. Prosigamos, pues.
   
         No hemos avanzado mucho, pero como hemos decidido no preocuparnos por unos cuantos signos, podemos ahora centrar la atención en la zona donde verdaderamente aparecen las dificultades: allí donde la coma, el punto y coma, y los dos puntos, se divierten como zulúes en la jungla, organizando trampas tan sencillas como bien ocultas por la vegetación.

            De los dos puntos al punto y coma

            El uso más generalizado de los dos puntos, que es su aparición en el encabezamiento de las cartas (“Querido amigo:”) ilustra su característica principal, la de ser un signo de apertura. Los dos puntos abren una expectativa: ya porque lo que sigue es un texto anunciado, como en las cartas; o bien porque se ha prometido un ejemplo o una cita, que ahora vienen; o, en fin, porque aparecen después de una proposición general, y anuncian que seguirá la ampliación o desarrollo de la misma. (Por cierto que en lo que acabo de escribir, a partir de “Los dos puntos abren una expectativa:”, está claramente ejemplificado ese rasgo esencial de los dos puntos).
   
         Por su parte, el punto y coma es un signo de cierre, de contención. Dice “hasta aquí es una cosa; de aquí en adelante, otra”. No avanza hacia lo desconocido, sino que se planta. Y también, además de cerrar, reparte. Por ejemplo, reparte porciones de un párrafo o período, creando subdivisiones rítmicas que ayudan a la inteligibilidad y a la lectura; y lo hace, de manera muy especial, cuando dentro de esas porciones hay otras menores, separadas por comas; en esos casos, cumple una tarea básicamente ordenadora. (Lo mismo que antes, lo que precede, a partir de “Por ejemplo”, ilustra lo que vengo diciendo).
   
         Los dos puntos abren; el punto y coma cierra, contiene, reparte. Entendido esto, podemos ocuparnos de la coma.

            Del punto y coma a la maldita coma

            La coma es “la maldita coma”: causa dolores de cabeza tanto por presencia como por ausencia. Aquí seleccionaré solamente tres casos que representan los errores más frecuentes: las zonas de fricción del sistema.

            1) La coma es fundamental en las enumeraciones simples, en donde va separando términos no relacionados entre sí por una conjunción (“Juan, Pedro, Diego y María”). Pero cuando estos términos son unidades más extensas o complejas, se hace necesario “subir” la puntuación: de la nada a la coma, de la coma al punto y coma. Podemos entonces tener algo así: “Juan, que era albañil; Pedro, pintor y de los buenos; Diego, que trabajaba en una fábrica, y su mujer, María”. Si en esta oración se usaran comas en los dos lugares en que ahora hay punto y coma, o si alguna de las comas que están ahí de pronto se evaporara, en la computadora mental que usamos los que sabemos puntuar se encendería un cartelito que dice “puntuación insuficiente”. O, como suelo anotar al margen de algunos trabajos de alumnos, “La coma no sirve para todo”.
          2) La coma se usa también como signo doble, es decir, antes y después de algo que se separa del libre fluir del texto. Aquí viene un problema de gradación: si lo separado es un elemento tan simple como el “es decir” de la oración precedente, basta con comas; si la situación es más compleja, conviene ir a la raya doble —en una primera instancia— o inclusive a los paréntesis (sobre todo, si el aislamiento quiere ser más categórico y hasta total). Una vez más, por favor, obsérvese cómo he puntuado las líneas precedentes. Quizá no esté de más advertir que, a este nivel, mucho de lo que se vive como problema de puntuación es más una cuestión de estilo —necesidad o grado del énfasis, por ejemplo— que de gramática. Pero claro está que, gramatical o no, el problema tiene que ver con el “escribir bien”.
            3) La coma separa, claro que con mano liviana; no con el pasador del punto y coma, ni con la vuelta de llave del punto. Pero hay cosas que no deben separarse. Una de esas separaciones no recomendables es una torpe coma que suelen colocar los escritores inexactos, mediante la cual separan el sintagma nominal del sintagma verbal; en otras palabras, la coma gratuita al final del sujeto. Es curioso que quienes escriben con toda naturalidad “Pedro tenía ambiciones” sean capaces de escribir también “El industrial y financista Pedro, tenía ambiciones”. ¡Afuera esa coma! Los signos de puntuación son como ciertos parientes inoportunos: a veces, su conducta mejor consiste en no hacerse presentes.

            Pocas nociones

            ¿Qué tal si paramos aquí? Pocas nociones, bien aprendidas, rinden más provecho que largas enumeraciones. En mi experiencia, cuando he conseguido que un alumno que “puntuaba mal” cobrara conciencia de este limitado número de zonas críticas, aprendiera a verlas, su puntuación evolucionaba hasta dejar de ser “mala”.
   
         Una última recomendación. Cuando el pensamiento está bien ordenado y la frase es clara, hacen falta menos signos de puntuación. Un posible ideal de escritura consiste en tratar de alcanzar la máxima claridad con un mínimo de signos. Más puntos internos al párrafo, para organizarlo. Menos territorio entre un punto y otro, para disminuir el número de comas y las posibilidades de conflicto con el punto y coma. Menos incisos, no siempre indispensables. Como dice Adorno: “toda evitación de un signo es por ello una reverencia que la escritura tributa al sonido al que ahoga”. Y esto sí vale más allá de la diferencia entre el castellano y el alemán: esto no es ya el saber, sino la sabiduría de la puntuación.

            II. Primeros auxilios en prosa

            Tantas recomendaciones para el verso —que la medida, que