historias del más allá

#0: STRANGE por Thenemi

Debió ser el brillo de la bola de cristal lo que me hizo girarme, justo antes de que se iluminara. Bajo la lluvia, en el límite de la feria, el pequeño toldo que resguardaba a la vieja gitana estaba iluminado, regalándome un refugio temporal. No me había fijado antes en esta tienda; supuse que la mujer me había visto y había encendido las luces para atraer mi atención. "Y sacarme unos pavos", pensé con una sonrisa amarga.

Corrí hasta la frágil protección de tela. Para mi sorpresa, su interior resultaba bastante cálido, aunque las únicas fuentes de calor eran las anticuadas lámparas de gas. Al principio las tomé por una imitación eléctrica, pero de cerca pude ver que eran auténticas. Ante mí, la anciana era el estereotipo de adivina romaní: largos cabellos grises, un desteñido pañuelo que una vez fue rojo atándole el pelo, amplios ropajes pardos y colgantes de color plata y oro. Reía quedamente, hacía una pausa para mirarme y volvía a reír. Le quedaban pocos dientes, pude ver, y hasta estos eran amarillentos y torcidos. Me ponía nervioso. En un momento dado, se echó atrás en su gran silla de mimbre y me señaló a mí la otra, dispuesta al otro lado de su mesa. No acepté la oferta inmediatamente y me detuve un instante mientras observaba el mantel. Éste de un enjambre de símbolos arcanos, pero tan conocidos que casi todos los había visto otras veces en graffittis. Los pocos que no me parecían habituales me eran familiares de todos modos, así que debía haberlos visto aunque no lo recordara.

- Veamos qué te depara el futuro, joven -habló la mujer por primera vez. Sus ojillos pardos se clavaban en los míos.

- Discúlpeme, señora, pero sólo buscaba refugiarme de la lluvia. Estaba, eh, paseando para despejarme cuando empezó a caer el chaparrón. La verdad -añadí- es que no creo en la divinación ni en lo sobrenatural. Espero que no se ofenda.

Con una risa quebrada, la anciana contestó:

- No me ofendes, Stephen Strange, pero te engañas a ti mismo al decir que no crees en lo sobrenatural. Has oído las voces, ¿no es cierto? ¿O me equivoco?

Su respuesta me dejó atónito. Sabía mi nombre, y lo que es más, sabía de mis visiones. Retrocedí un paso, hacia el rumor constante y frío de la lluvia, y la gitana repitió su esto de ofrecerme la silla. Esta vez acepté. Sus manos aferraron con fuerza la bola de macizo cristal, y dijo en tono burlonamente solemne:

- Veo a un extraño alto y moreno... oigamos lo que tiene que contarnos. -la esfera me reflejaba como una lente de ojo de pez. Se suponía que era yo, pese a todo: mi pelo negro con un corte formal, pero dejado crecer por detrás y sujeto en una oletilla breve como concesión a la moda; mis ropas, elegantes copias de sus equivalentes de marca que esperaba no habrían sido manufacturadas a costa de niños; el colgante de mi madre sobre mi cuello, una piedra de plata pura sin tallar unida a una cadena del mismo material; y brillando entre el resto, mis ojos con su raro azul acerado. El mismo rostro inglés que llegó a tierra americana hacía cuatro años. Pero en esa forma distorsionada, sí: era un extraño alto y moreno.

- ¿Qué sabe usted? -inquirí.

- No, ¿qué sabes tú? Dime lo que has visto y te diré quien eres, dice un veterano vagabundo a un cachorro novel. Habla, Stephen Strange. -su última frase tuvo casi el tono de una orden. Normalmente no hubiera dado estas explicaciones a nadie, y menos aun a una perfecta desconocida, pero necesitaba hablar de una vez. Aquí, al menos, no parecía que lo que dijera fuera a sonar a locura.

-Hace dos meses, aproximadamente, empecé a tener alucinaciones. Oía voces estando sólo, como retazos de frases sueltas. La primera vez, estaba en la biblioteca de la universidad. Miré a un lado y a otro, sorprendido, y después asustado. Algunas hablaban de tiempos antiguos, de amistad y de ayuda. Otras juraban y clamaban venganza. No recuerdo que hablaran en nigún idioma, pero eso no impedía que las entendiera. -empecé lentamente, casi sin saber por qué realizaba esta confesión, y poco a poco me sentí mejor al desahogarme- En sueños, visito Infiernos enteros que me odian y temen mientras dura la pesadilla, y reinos de nombres extraños llenos de poder. Al despertar, me encuentro pronunciando esos nombres aun.

- ¿Los has visto durante la vigilia, Stephen Strange? -de nuevo, me sentí tentado de preguntarle que como es que sabía como me llamaba, pero no lo hice. Sólo contesté.

- No. A veces creo que una barrera separa la fuente de esas voces de mí, y que mientras duermo pueden alcanzarme. ¿Puede usted ayudarme, señora? ¿Es algún tipo de, no sé, maldición o algo así? -en aquellos instantes, mi habitual escepticismo había desaparecido. Tenía miedo de las visiones hacía mucho, por si era mi cordura la que se esfumaba. Pero ahora, aunque quizá viniera de una dirección que consideraba irreal, había otra posibilidad, y quise aferrarme a ella.

La mujer se levantó de la gran silla. No mediría más de un metro sesenta, gruesa y baja, pero parecía que su tamaño contuviera su poder. Lo poco que me había dicho me hacía verla como algo ajeno a lo mundano. De repente pareció que su cráneo se alzaba, y un momento despues toda ella se estiraba, se deformaba mientras su sonrisa se abría hacía arriba. Durante un parpadeo sus ojos cambiaron, y llegó a chillar mientras la piel se desgarraba allá donde la tensión era más grave, abriéndose las heridas como crecientes círculos granates. La carne y el hueso crujieron antes de empezar a arder desde dentro, el rostro se deshacía como cera con un alarido. Supongo que el miedo me agudizó los sentidos entonces, porque aunque este horror duró pocos segundos, los detalles se me grabaron totalmente.

Del interior de la mujer había brotado un cuerpo humanoide que hacía crepitar el aire y los pedazos ensangrentados de cadáver que aun le cubrían. Cuando alzó su rostro hacia mí, los restos mortales de la gitana se incendiaron, y también su cara.

Llamas eran lo único que parecía formar su cabeza, retorciéndose entre sí para tomar vagamente la forma de unos ojos y una boca envueltos en el cambiante fuego. Su cuerpo era enorme, de casi tres metros de alto, con el torso envuelto en una cota de malla plateada que caía hasta casi sus rodillas. Vestía además grebas, la protección para las piernas de la armadura medieval, y guanteletes, ambos carmesíes, de un rojo que vibraba como las mismas llamas, cediendo al naranja ardiente y a un cegador amarillo. Su sola presencia irradiaba calor y poder, llena de una grotesca belleza.

-Ahora -habló, y su voz era el seco aliento del Hades-, en esta vida, antes de que despiertes, eres mío. Eso hará mi victoria más fácil y mi venganza más dulce.

Los colores encendidos de sus guanteletes parecieron elevarse a medida que levantaba los brazos, hasta que sus manos alzadas sostuvieron llamas durante un instante antes de lanzármelas encima. Una de las me pasó por encima, casi rozándome; la segunda me lamió el costado izquierdo y se llevó mi piel con ella. La descarga de dolor me hizo caer, pero no podía dejar de mirar el rostro de aquel monstruo.

-¿Quien eres? ¿Qué quieres decir con que vas a vengarte? -grité, fuera de mi. De algún modo, me enfurecía pensar que me iban a matar por error, sin motivo alguno, en vez de aterrorizarme. Con una rodilla en tierra miré a aquel demonio lleno de ira, viendo su rostro burlón que contrastaba con su voz monocorde.

-¡No sé ni qué eres, Dormammu!

-Pero mi nombre vuelve a tu boca, Stephen Strange. Tú eres la Primera Alma, más antiguo que la humanidad. -los ojos brillaron hasta alcanzar el rojo blanco, y no pude seguir mirándolos directamente-. Devorando tu esencia, recuperaré toda mi fuerza de antaño, antes de que me derrotaras, y toda tu realidad será mía.

Hablaba de sus deseos sin pasión alguna, pero su odio brotaba de él como el calor de sus llamas. Brotó el fuego de sus manos una vez más. Las visiones, ahora lo entendía, me habían dado un nombre para este ente.

-Dormammu -repetí, y la ardiente boca se curvó en una sonrisa perfecta. Un nombre de poder. Y había otros que recordaba, vibrantes, vivientes...

-¡Hastur, Hastur, Hastur! ¡Cyttorak!

Su rostro que no era un rostro tembló con una expresión de irracional espanto. En mi cara sentí un flujo suave y cálido, y al tocarme el entrecejo sentí gotear mi sangre. Algo había rasgado la piel de mi frente para mostrarse, y entonces lo vi.

Vi el origen del mundo de susurros que me llegaban de más allá de la barrera. Vi más allá de lo que existía lo que forma nuestro universo. Vi seres de luz y las más pasmosas aberraciones entorno a mí y entorno a la diabólica entidad. Espíritus del bien y el mal, lo supe entonces. Vi y supe, pues mi tercer ojo se había revelado, y conocí su nombre de poder.

Agamotto.

El aire onduló frente a mí, y comprobé que mi llamada había surtido efecto. Un hechizo novato y afortunado, convocando a poderes primigenios que deseaban aliarse conmigo por alguna razón. Energía carmesí se movió como una cinta con vida propia, aferrando los miembros de Dormammu e inmovilizándolo. El ojo de Agamotto podía recordar los sueños de visiones mejor que yo mismo, y reconoció a las bandas encarnadas como el resultado de mi invocación a Cyttorak. Pero las bandas se rasgaban, incapaces de detener al demonio, incapaces de salvarme.

Se agitó entonces el viento, arrancando de sobre nosotros la amplia y bien afianzada tienda como si fuera una hoja, pero sin tocarnos a nosotros. Brotaron zarpas del aire, acercándose a Dormammu, chasqueando ansiosamente como pinzas hambrientas. Cuando por fin estuvo a su alcance, golpearon y pasaron a través de él para desgarrar el mismo espacio tras él. Pude adivinar otro firmamento, otra dimensión quizá a través de la grieta. Las zarpas deshicieron en jirones las bandas carmesí, que se esfumaron, y empujaron a Dormammu al portal. Su rostro parecía haber palidecido, impotente.

-¡Recuperaré más fuerza, Strange! ¡En la próxima alineación de planetas, o cuando mis siervos humanos me convoquen, volveré! -sostuve su mirada mientras caía. Seguía siendo demasiado brillante, pero la miré, con mis tres ojos, hasta que el mundo cerró su herida y todo acabó.

Mis fuerzas se agotaron entonces. Creo que sin mi voluntad, las garras astrales habrían desaparecido, y Dormammu habría acabado conmigo. No sé a qué dioses debo agradecer seguir hoy con vida.

Cuando desperté, había dejado de llover. La barrera se había alzado de nuevo y mi tercer ojo dormía, invisible. Pero invocando su nombre podía llamarle otra vez si era necesario. Debía de ahora en adelante observar mis sueños y conocer otros nombres de poder. "¿Qué debo poder hacer, con esta magia en mis manos?", pensé. Pero un mal presentimiento me recorrió el espinazo, un escalofrío que parecía salir de mi estómago. Apoyé mis manos en él y encontré un hueco. Asustado, me abrí la camisa rápidamente y contemplé mi abdomen.

En mi vientre había, y hay, un agujero negro con forma de estrella invertida de cinco puntas. No hay nada en él, ni tiene fondo alguno. Es la marca de Hastur, Aquel cuyo nombre no debe ser pronunciado. Hasta ese momento, no logré recordar mis sueños sobre el Innombrable. Había reclamado su tributo, y ese es mi alma.